miércoles 2 de diciembre de 2009

PRIMERA VEZ CON UN DESCONOCIDO

Holissss, aquí estoy de nuevo, en estos días no pasó nada interesante para contar, estuve algo ocupada con otras cosas, como ser el trabajo, los exámenes finales, y de yapa mi matrimonio al que cada día tengo que dedicarle más tiempo, pero como no quería dejar pasar mucho tiempo sin escribir se me ocurrió meterme una vez más en la “Máquina del Tiempo”, como ya hice alguna vez, y traerles algún recuerdo de mi pasado. Tengo 26 años, así que éste todavía esta fresco en mi memoria. Aún late y vive, esperando darse a conocer.
En esta ocasión quiero contarles como fue que lo hice por primera vez con un desconocido, con un completo y absoluto extraño, con alguien con quién habría de estar una sola vez y nunca más, y que habría de constituir para mí un evento por demás revelador. Una de esas situaciones que te dejan una marca y que rigen tu conducta a partir de entonces.
BUENOS AIRES, AÑO 2001:
Principios de año, todavía no había sucedido lo del “corralito” y la grave crisis posterior que provocó la abrupta caída del gobierno de turno. Tenía 18 años recién cumpliditos, hacía unos pocos meses había terminado el secundario y a instancia de unos conocidos de mis viejos empecé a trabajar en un estudio contable cuya oficina estaba en el barrio de San Telmo. La idea era juntar experiencia y también pagarme mis estudios con el modesto sueldo que ganaba. Todavía no había empezado la carrera de sociología ya que no sabía muy bien que seguir de ahí en más. Estaba con una crisis de vocación, lo que es algo absolutamente normal a esa edad. De lo que si estaba segura era de que me gustaba el sexo, claro que no podía dedicarme a ser puta, mi familia no me lo permitiría, jajajaja. Hasta entonces el único con el que cogía era con mi tío Carlos. Aunque ya para entonces me preguntaba que se sentiría hacerlo con alguien más. No me malentiendan, gozaba mucho cuándo estaba con él, pero ya desde ese tiempo me picaba el bichito de la infidelidad.
Mis tareas en el estudio eran sencillas, entraba temprano, acomodaba algunos papeles, sacaba fotocopias y luego salía a la calle a hacer algunos trámites, volviendo siempre cerca del mediodía. Obvio que al estar fuera casi toda la mañana podía disponer de varias oportunidades para resolver de una vez esa incógnita que me quitaba el sueño. Es más, los hombres se me acercaban con tales propuestas, pero aunque ya había debutado era bastante tímida como para seguirles la corriente. Lo cierto es que me moría de ganas de probar otra verga que no fuera la de mi tío. Así que me dije a mí misma que tenía que armarme de valor y hacerle frente a esas situaciones que aunque no quería desperdiciaba solo por no animarme.
Hasta que un día, y cuándo menos lo esperaba, mientras miraba la vidriera de un local de antigüedades, se me acerca un turista. Por el acento se notaba que era norteamericano. Me pregunta algo sobre unas pinturas autóctonas que se exhibían.
-La verdad que no sé- le digo –Tendría que preguntarle al vendedor-
Me mira y se sonríe.
-¿Qué pasa? ¿Tengo algo?- le pregunto ingenuamente.
-No, es que… solo quería comenzar una conversación contigo- termina confesándome.
Me sonrió también.
-Tienes una sonrisa muy bella- me piropea, mirándome en todo momento con unos intensos ojos azules.
-Gracias- le digo. No puedo evitar ponerme colorada.
Lo saludo y emprendo la retirada, pero enseguida me detiene.
-Espera, ¿podría invitarte a tomar algo?- me pregunta.
-Es que estoy trabajando- me excuso.
-Algo rápido- me insiste.
Quizás esto sea lo que estoy buscando, pensé, y de repente me sentí ya sin vergüenza alguna. Estaba como más decidida, más segura de mí misma como para aceptar la invitación de un completo desconocido. No sabía, por supuesto, si terminaría encamándome con él, pero por lo menos bien valía el intento, además, el que fuera un extranjero le agregaba cierto exotismo que me excitaba.
-Ok- asentí provocando una nueva sonrisa de su parte.
Me agradeció el que aceptara acompañarlo y entonces cuándo íbamos recorriendo las distintas confiterías para ver en cuál entrar, me propone de repente:
-¿Qué te parece si mejor vamos a mi hotel? No quiero que la gente piense que quiero emborracharte-
-¿A su hotel?- me sorprendo.
-Yes, esta acá cerca, a unas pocas cuadras, además en mi habitación tengo unas bebidas que estoy seguro van a ser de tu agrado- me dice con una simpatía que hace imposible decirle que no.
-Me gustaría, pero es que mi trabajo, usted sabe- titubeó.
Lo cierto es que tenía ganas de ir, pero me preocupaba no volver al estudio a la hora acostumbrada y que mis jefes se preocuparan, o peor, que lo tomaran a mal. Pero él mismo me dio la idea para la excusa.
-¿Por qué no llamas y les dices que estás retrasada?-
No sé porque no se me había ocurrido. Era lógico. Además ese día había tenido varias cosas para hacer, y de milagro había terminado temprano. Me prestó su celular e hice el llamado. Del estudio me dijeron que no me hiciera problema, que en cuánto terminara me fuera para mi casa, que al día siguiente llevara todos los trámites, que los mismos podían esperar un día más.
-¡Listo!- le dije cuándo corté.
-¡Fantástico!- exclamo y enseguida empezamos a caminar hacia su hotel.
Se hospedaba en el hotel Nogaró, el que esta sobre la diagonal, cerca de la plaza de Mayo. Llegamos en apenas unos pocos minutos. Entramos y subimos a su habitación. Era la primera vez que estaba a solas con un hombre después de mi tío, pero aún así no me sentía nerviosa ni nada, es más, estaba ansiosa. Me salía de la vaina por desnudarme y entregarme a él con moño y todo.
Sirvió un par de copas, brindamos, bebimos y entonces se me ocurrió preguntarle lo siguiente:
-¿Y… ya probaste la carne argentina?-
Creyendo que me refería al asado me contó que la noche anterior había estado con un grupo de amigos en una parrilla del centro.
-Que bueno- asentí –Pero yo me refería a otra clase de carne-
Por un momento me miro sorprendido, sin entender a que otra carne me refería.
-¡A esta carne!- exclamé a la vez que me agarraba los pechos con las manos y las ostentaba sin recelo alguno.
Al yanqui se le abrieron los ojos como platos.
-Eso me gusta de las argentinas- me dice –Que no tienen tapujos en mostrarse tal cual son-
-Para eso me trajiste, ¿no?- le hice notar.
-Bueno… si… pero no me pareció apropiado decírtelo- expresó.
-¿Para que complicarla si los dos buscamos lo mismo, no te parece?- le digo.
-Muy maduro de tu parte, ¿Qué edad tienes bonita?- me pregunta.
-18- le respondo.
Abre los ojos sorprendido.
-Tal parece que voy a cambiarte los pañales entonces-
Me reí. Me causó gracia su comentario, aunque se trataba de una adecuada analogía de lo que sucedería entre ambos, ya que debía de tener unos cincuenta años más o menos. Alto, mucho más alto que yo, de cuerpo robusto, cabello entrecano y ojos azules. Tranquilamente podría pasar como mi padre. Ahora que lo pienso quizás de esa época venga mi predilección por los maduros, ya que mi primer hombre fue mi tío, alguien de mucha más edad que la mía, y el segundo, otro que no le iba en zaga. Pero más allá de la brecha generacional existente con ambos habría de quedar más que satisfecha.
El yanqui, que estaba sentado a unos cuántos centímetros, se fue acercando de a poco, la mirada fija en esas dos montañas de carne argenta que hacia unos instantes le había ofrecido sin condición alguna. No se si serían las hormonas o que, pero después de haber pasado por las manos de mi tío me desarrollé abruptamente, y aunque ya tenía pechos desde los 12, a los 18 ya ostentaba una delantera digna de elogiar.
El yanqui me agarro una teta por sobre la ropa, y trato de besarme, pero lo evadí justo a tiempo y sin que se diera cuenta que no quería besarlo, recibiendo de su parte un fuerte chupón en la mejilla que me dejo por algunos días la fuerte marca de la succión. De ahí fue bajando, dejándome también marcas en el cuello, sin dejar de apretarme la teta, tras lo cuál me bajo la blusita que tenía puesta, y bajándome también el arco del corpiño, reveló en todo su esplendor esa exuberancia láctea que ya palpitaba y se estremecía bajo el influjo de la lujuria. Porque yo no estaba allí porque aquel hombre me gustara o sintiera algo por él, estaba por simple lujuria, eso era lo que me había arrastrado hasta la habitación de aquel hotel.
Me desnudó primero una y luego la otra, zambulléndose entonces entre medio de ellas para chupármelas con agresiva fruición, tanto que hasta me las mordía, retorciéndome los pezones con los dientes. Yo no me oponía en lo absoluto a tal desborde de pasión, muy por el contrario me entregaba sin resistencia alguna a él, agarrándolo de los pelos y atrayéndolo aún más hacia mí, disfrutando esas incitantes mordiditas que dejaban impresas en mi cuerpo las marcas de su calentura. Yo también estaba caliente, muy caliente, hervía, sentía que la piel me quemaba, transpiraba, pero por sobre todas las cosas sentía como mi conchita se humedecía en esa forma que solo creía que mi tío podía lograr. Así fue que encontré la respuesta que tanto había estado buscando, estaba gozando con otro hombre, mi tío no era el único, aquel extraño me estaba guiando también hacia esos lugares que últimamente estaba visitando con bastante asiduidad.
Aunque lo había estado deseando, la situación me resultaba por demás inusitada, derrumbada en el sillón de un hotel, con aquel turista norteamericano chupándome las tetas y metiéndome mano por entre las piernas, aunque se trataba de un perfecto extraño, alguien que había conocido tan solo una hora antes, me estaba haciendo gozar, me estaba desquiciando, liberando en mí la putita maniatada que no puede ni quiere resistirse a las tentaciones que le presenta la vida.
Yo no me quedaba quieta, obvio, ya que también por mi parte también le metía mano, palpando ansiosamente el prometedor bultazo que se le formaba a la altura de la bragueta. Pese a la aspereza del jeans que tenía puesto, lo sentía duro, rocoso, y hasta más prominente que el que solía formársele a mi tío Carlos. Ya desesperado se desabrochó él mismo el pantalón, sin permitirme tal gusto, y pelando su verga proveniente del gran país del norte, me dijo en un tono por demás exaltado:
-¡Suck me!-
No sabía ni sé inglés, pero sabía perfectamente lo que aquellas palabras significaban, así que me puse de rodillas en el sillón e inclinándome sobre aquella imponente erección empecé por lamérsela de a poco, la de tío me gustaba mucho, pero no sabía si la de otro hombre habría de resultarme igual de rica, así que la fui probando, de a poco, aunque dándome cuenta enseguida de lo satisfactorio que resultaba su sabor para mi paladar. Entonces, sin más reservas al respecto, me la comí y me puse a chupársela con todo mi entusiasmo, sobándole fuertemente las bolas mientras hacía que semejante volumen se deslizara por entre mis labios, tenía la carne encendida, al rojo vivo, y pegoteada de un denso fluido que brotaba espesamente del orificio de la punta impregnando todo su consistente volumen con ese sabor que ya se había constituido en una de mis máximas predilecciones.
Mientras se la chupaba prácticamente sin respiro, él deslizaba una mano por entre mis piernas y franqueando hábilmente mi ropa interior, me acariciaba la concha, metiéndome un dedo casi hasta su raíz, tocándome el lugar exacto para hacerme explotar. Su verga se hacía cada vez más jugosa y resbaladiza, de a ratos tenía que sacármela de la boca para escupir un poco de esos fluidos que de tan espesos hasta formaban burbujitas, y lo que no alcanzaba a escupir, me lo tragaba.
Sin decirme nada me hizo a un lado y me ayudo a desvestirme. Ya desnuda me tumbé de espalda y me abrí de piernas, recibiéndolo entre ellas para que me chupara a su antojo. Sin demora alguna me clavó la lengua justo en el medio, y empezó a subir y bajar, deslizándose por toda mi raya con una avidez descontrolada, llegando incluso hasta el agujero del culo, chupándome y mordiéndome los labios de la concha, recorriendo toda esa zona con la voracidad de quién esta saboreando un manjar único e irrepetible. Al igual que yo había hecho con él, también se bebía mis fluidos, aunque no se los tragaba de inmediato, los retenía en su paladar y los degustaba, los paladeaba, para luego si, dejar que se derramaran por su garganta.
Luego se puso un profiláctico y ubicándose entre mis piernas me penetró, me la metió despacio, como disfrutando cada momento, dejando que su carne fluyera por entre la mía, y cuándo por fin alcanzó la profundidad más recóndita, empezó a moverse, más fuerte con cada empujón, arrancándome unos quejidos por demás exaltados. Moviéndome con él, hasta donde podía, envolvía su cuerpo con mis piernas, acoplándome a su propio ritmo, buscando ansiosa cada ensarte, entregándome por completo a ese deleitable bombeo que tanto me complacía.
-¡That good fuck!- me decía, en tono exaltado, la voz ronca, los ojos inyectados.
Entraba y salía en toda su prominencia, rematando cada ensarte con un golpe final que me alucinaba.
-¡You are a lovely girl! ¡I'll take good fuck!- memorizaba cada una de sus expresiones para averiguar más tarde lo que significaban.
-¡Siiiiiiiiiiiii… siiiiiiiiiiiiii… dame… dámela toda…!- le respondía yo, en mi argentino natal, suspirando, gimiendo, jadeando, sintiendo como me la metía hasta lo más profundo, una y otra vez, repiqueteando insistentemente contra las puertas de mi útero.
-¡As i like the argentinians! ¡Are the best whores!- exclamaba, impulsándose una y otra vez contra mi cuerpo.
Luego de un rato me la sacó y me hizo un gesto:
-¡Turn around!- me dijo.
Le hice caso. Me di la vuelta y me puse en cuatro. Me palmeó la cola para que la levantara. La levanté a la vez que con una mano me separaba bien los cachetes. Ubicó la punta justo en la entrada y avanzó lento pero seguro, llenándome de a poco, tras lo cuál me aferró firmemente de la cintura y empezó a moverse con ese ritmo que ya le conocía. Entraba y salía, rebotando con sus bolas, mandándomela bien adentro, como si quisiera sacármela por la garganta, a lo que no pensaba resistirme, les diré.
Cada tanto me sacaba toda la pija y agarrándosela con una mano me daba unos fuertes golpecitos en las nalgas con ella, para luego volver a metérmela con todo, aumentando el ritmo que mantenía hasta entonces.
-¡You have a sexy ass!- me elogiaba entre pijazos y más pijazos, y estirando una mano por debajo de mi cuerpo para agarrarme una teta, agregaba:-¡And wonderful tits!-
Yo me sentía en la gloria absoluta, disfrutando de un orgasmo tras otro, mojándome sin control, sintiendo que todo mi cuerpo se estremecía intensamente ante cada arremetida.
-¡Take my cock, TAKE all, all for you!- bramó entonces y dejándomela bien clavada en el fondo acabó estrepitosamente.
Podía sentir con absoluta nitidez como el preservativo se llenaba de leche, entonces me la sacó muy despacio, sosteniendo el borde del forro para que no se escapara ni una sola gota y salió de mí emitiendo profusos y complacientes suspiros.
-¡Ahhhhhhhhh… que buen… ¿Cómo dicen ustedes? Polvo, ¿no? Que buen polvo!- expresó ahora en castellano, sosteniendo todavía su pija con una mano.
Luego nos recostamos en ese mismo sillón, muy cerca el uno del otro, y mientras recuperábamos energías, charlamos un ratito.
Entre otras cosas me contó que luego de estar en esa parrilla con unos amigos, fue a un lugar en donde había chicas, “de las que cobran”, y que había estado con un par, ya que estaba ansioso por disfrutar de la belleza argentina, pero que ninguna se la había chupado como se la había chupado yo hacía un rato.
-¡That well you suck!- supo elogiarme, a la vez que su verga comenzaba a alzare de nuevo.
-Eso es algo de lo que nunca me canso- le confirmó, agarrándosela con una mano para meneársela pausadamente, conduciéndola hacia una nueva y ostentosa erección.
Cuándo ya estuvo dura de nuevo, en su punto máximo, me incliné sobre ella, y me la metí en la boca, chupándosela con toda esa avidez y fruición que mi golosa boquita sabe muy bien dispensar. La verga del yanqui se estremecía entre mis labios, humedeciéndose de nuevo, empalagándome con ese juguito que brotaba incontenible.
Ahora fui yo la que le puso el preservativo, para enseguida subírmele encima y sentarme sobre esa hermosa poronga que me esperaba con suma ansiedad.
-¡Ahhhhhhhh… Ahhhhhhhh… Ahhhhhhhh…!- gemía gustosa a medida que la sentía entrar y llenarme con su contundente volumen.
Como estaba de frente a él, mientras subía y bajaba podía chuparme las tetas, lo que hacía como un enloquecido, mojándomelas con su saliva.
-¡That amazing tits!- exclamaba mientras me lengüeteaba con el mayor de los entusiasmos, dándome vueltas y vueltas alrededor de los pezones.
Yo subía y bajaba, subía y bajaba, aunque de ratos me quedaba clavada, bien estaqueada y me restregaba de un lado a otro, sintiendo aquella dureza exquisita repercutir en cada rinconcito de mi concha, entonces reiniciaba con más entusiasmo todavía, sacudiéndome, agitándome, echando la cabeza hacía atrás y gritando desaforada, gozando al máximo los sublimes orgasmos que aquella verga foránea me regalaba.
-¡I'm comiiiiiing…!- gritó él por su lado al alcanzar una nueva e incontenible explosión.
Acabé con él, acompañándolo en ese derroche de placer que nos envolvía con sus exultantes sensaciones. Nos abrazamos mientras sentíamos que nuestros cuerpos contenían aquel vibrante estallido y lo canalizaban hacia cada rincón, permitiéndonos disfrutar de un polvo de proporciones maravillosas.
-¡Fuck… that fucking incredible…!- me confirmó él, estremecido aún por aquel abanico de sensaciones que se había desplegado ante nosotros.
Aunque en un principio no había querido, ahora y como consecuencia de esa excitación que me colmaba de ansiedades, lo besé en la boca, bebiéndome su aliento caliente, agradeciéndole con ese beso los buenos momentos que me había hecho pasar.
-Espero que te lleves el mejor recuerdo de la Argentina- le dije luego, ya vestida y a punto de marcharme.
-The best of all… Now puedo decir que yo probé la famosa carne argentina- me dijo palmeándome la cola.
Le di un último beso y me fui. Antes quiso regalarme unos dólares, como una “atención”, me dijo, pero los rechacé gentilmente diciéndole que la “atención” había sido mía y que yo no era de las que cobraban, lo cuál entendió perfectamente.
Desde entonces supe que el sexo pasaría a formar una parte muy importante de mi vida, y ya vislumbraba que no solo me limitaría a hacerlo con mi pareja de turno, claro que no imaginaba convertirme en una infiel empedernida, aunque ya me daba cuenta que no podría tener la bombacha puesto por demasiado tiempo y que sabría sacármela con bastante facilidad, como había hecho con ese gringo, el primer desconocido de tantos.

sábado 28 de noviembre de 2009

EL MEDICO LABORAL

Un día horrible. Húmedo, lluvioso, ideal para quedarse en la cama. Estábamos recién llegados de esa segunda luna de miel en Capilla del Monte y la verdad es que todavía no había retomado el ritmo de la ciudad, por lo que decidí no ir a trabajar. No tenía ganas, para colmo de males estaba depresiva, de ahí mi post anterior. Pero me alegro saber que hay muchos que me entienden y disfrutan leyéndome, esto es para ustedes no para mí. Pero bueno, como les decía recién estaba volviendo de una licencia, así que no podía decir simplemente que no iba porque tenía fiaca o estaba con la depre.
Hacía tiempo que no daba parte de enferma, así que ni bien se fue mi marido llame al trabajo y avise que no iba a ir, que me sentía mal, descompuesta, era mentira, claro, pero ¿por qué no tomarme un día sabático? Me lo merecía.
Me preparé el mate, me puse un rato en la compu, hasta que a eso de las once tocan el timbre. Era el médico laboral, le abrí y esperé a que subiera. Cuándo lo hizo fuimos al dormitorio y me recosté para que pudiera examinarme y comprobar si los síntomas que alegaba eran verdaderos. Por supuesto que no lo eran, por lo que debía fingir como si lo fueran. Tosí, moqueé un poco, hasta puse cara de cordero degollado, pero el médico no me creyó el cuento.
-¿Me vas a justificar el día?- le pregunté intuyendo su respuesta.
Enarcó las cejas e hizo un gesto como de duda.
-Es que no puedo poner ningún diagnóstico- me dijo –Estás en perfecto estado-
No iba a perder el día ni a dejar que en el trabajo me sancionarán por faltar sin justificativo, por lo que decidí recurrir a mis siempre efectivas armas de seducción, las cuáles más de una vez me habían sacado de situaciones tanto o más complicada que esta. Además, pensé, se trataría de una linda experiencia para compartir.
-Quizás tendrías que revisarme un poco más, ¿no te parece?- le sugerí con un tonito incitante a la vez que me levantaba la remera y dejaba al descubierto mis pechos.
El médico se quedo boquiabierto, contemplando fascinado ese despliegue de carne que se extendía delante de sus ojos.
-Si… tal vez me pase algo por alto- coincidió.
Entonces posó sus manos sobre mi cuerpo, primero en el vientre, y desde allí empezó a subir, como auscultándome, despacio, sin apurarse, mirándome a los ojos como para evaluar cada una de mis reacciones. Entonces se detuvo en mis pechos. Viendo que mi reacción era favorable empezó a masajearlos, suavemente, con mucha ternura, arrancándome unos gemiditos que no pude contener. Arqueé la espalda para inflar aún más mis tetas y sentir con mayor nitidez ese tacto delicioso que estaba haciendo estragos en mis emociones. Con los ojos cerrados y entre plácidos suspiros corrí las sabanas y me baje de un solo tirón el short que tenía puesto, sin nada debajo.
-¿Algo más que quiera revisar, doctor?- le pregunte con ese mismo tonito incitante.
Dejo una mano en mis pechos y deslizó la otra hacia mi entrepierna. Un dedo se filtró entre mis labios íntimos, lo humedeció en el caldito de mi lujuria y llevándoselo a la boca se lo chupó disfrutando del sabor de mi sexo.
-Me parece que por acá también estuvo lloviendo- bromeó en obvia alusión a lo empapada que ya estaba.
-Seguramente debe tener algún remedio para mi dolencia, ¿no es así doctor?- le consulté.
-Por supuesto, y uno que te va a calzar a la perfección- me aseguró.
Se levantó, se desabrochó el pantalón y peló una pija no muy grande pero de un grosor bastante considerable. Cuándo la sacó ya la tenía bien parada y goteando. Yo estaba recostada, en mi rol de enferma todavía, así que apoyó una pierna en la cama y enfiló su exaltado chotazo hacia mi boca. Por supuesto que no me opuse a aquella repentina intrusión. Abrí la boca lo más que pude y lo deje entrar, disfrutando de esa carne vigorosa y suculenta que tal como él mismo me lo había asegurado parecía calzarme a la perfección.
Con movimientos suaves y continuos de su pelvis, el médico empezó a cogerme por la boca ahogándome con su portentoso volumen, pero aunque me sofocaba yo seguía saboreando tan deleitable manjar a la vez que con una mano le amasaba las pelotas, con la otra me tocaba la conchita, sintiendo como mi clítoris engordaba y se endurecía cada vez más. Entonces, con la pija ya bien dura y consistente, el médico laboral me la sacó de la boca, buscó en su maletín un preservativo, se lo puso y se acomodó encima de mí. Sin protesto alguno me abrí de piernas y lo ayude a acomodar la punta de su verga entre mis gajos, empujo y de a poco me la fue metiendo. Cuándo alcanzó a metérmela toda, empezó a moverse, dentro y fuera, cogiéndome deliciosamente, fluyendo a través de mi caliente conchita en toda su vigorosa extensión. Enlacé mis piernas alrededor de su cuerpo y empecé a moverme con él.
-¡Así doctor… ahhhhhhhhh… siiiiiiiii… así…….. Que rica medicina me esta dando!- le decía disfrutando cada combazo, dejándome penetrar hasta lo más profundo.
Me derretía del gusto debajo del agitado cuerpo de aquel médico laboral. Entonces, sin sacármela, calzó mis piernas sobre sus hombros e intensificó la fuerza y el vigor de sus embestidas. Yo me babeaba toda de las delicias que sentía, abriéndome toda para él, dejándome arrasar por ese vendaval de sensaciones que me destrozaba literalmente los sentidos.
-Con este tratamiento vas a quedar como nueva- me aseguraba sin dejar de cogerme, dándome y dándome sin pausa ni respiro.
Al rato me la saco y cambiamos de posición. Ahora él estaba debajo y yo arriba, bien montada, subiendo y bajando, ensartándome una y otra vez en esa gloriosa poronga que iba en busca de mis profundidades más recónditas. El gusto que sentíamos era mutuo, fundiéndonos ambos en un goce por demás intenso y delicioso. La pija del médico laboral retumbaba en lo más profundo de mi conchita cada vez que se me metía bien adentro, colmándome de esas sensaciones sin las cuáles mi vida no tendría sentido. Soy yo la que controla el ritmo, subiendo y bajando, lento primero, mucho más fuerte después, agitándome, descontrolándome de a ratos, aunque retomando siempre la cadencia apropiada, la que me permite disfrutar de su verga en todo su esplendor. Me llena, me rebalsa, me complace, me hace soñar, me delira, me entusiasma, todo junto, clavándose una y otra vez en mí, me somete a su virilidad sin tregua alguna, tal como me gusta, no me da respiro, yo tampoco se lo pido, no lo necesito, puedo seguir, seguir y seguir, puedo coger durante horas, nunca me canso y siempre quiero más, mi conchita siempre esta abierta y habilitada, como ahora, con este médico laboral que me mueve con una energía impresionante. Desde abajo él mismo me la empala empujando su pelvis hacia arriba, ni siquiera tengo la necesidad de moverme, quedándome ahí quietita puedo disfrutar de cada una de esos vibrantes ensartes, pero igual me muevo, yendo a su encuentro con igual entusiasmo, disfrutando cada golpe, dejándome arrasar por esas fulminantes sensaciones que me aniquilaban sin compasión alguna, que me situaban al borde de una agonía por demás intensa y devastadora. De repente, en medio de tan agitada cabalgata, sentí una poderosa explosión en mi interior, un fuego vivo y refulgente que desde el centro estratégico de mi cuerpo, aquel mismo que en ese momento era vigorosamente atravesado, se expandía hacia todos los rincones de mi anatomía.
¡Que polvo, por Dios! Arqueé mi espalda y exhalé un profuso y exaltado suspiro, mojándome sin control, acabando descontroladamente, estremeciéndome, llorando casi, sintiendo que la cabeza me daba vueltas y que las paredes se me venían encima. Tarde en recuperar el aliento, pero cuándo volví en mí empecé a moverme de nuevo, reiniciando tan apasionada cabalgata. Desde abajo el médico laboral se turnaba entre aferrarme de la cintura y acariciarme los pechos, sin dejar de moverse él también, entrando y saliendo con un ritmo demoledor, haciendo uso y abuso de una energía inclaudicable. Entonces me volteó sobre mi espalda y colocándose sobre mí de nuevo me volvió a bombear con todo, entrando y saliendo en toda su extensión, permitiéndome gozar de ese volumen que sin ser exagerado me complacía en todas las formas imaginables. De a ratos me la sacaba y me la restregaba por sobre los labios, para luego volver a metérmela con más ímpetu todavía, llegándome hasta lo más profundo, haciéndome vibrar con cada embestida, dándome unos golpes por demás certeros y contundentes toda vez que me llegaba hasta lo más hondo.
Un nuevo aluvión de flujo y me puse en cuatro, con la colita bien levantada, abriéndome bien las nalgas, entregándome una vez más, sin restricciones, soltando un excitado suspiro cuándo sentí que me volvía a llenar de carne con toda la fuerza de su contundente virilidad. La verga entraba y salía, una y otra vez, prodigándome emociones a raudales, conmoviéndome hasta lo más íntimo con cada ensarte, llenándome, glorificándome, ensalzándome, proporcionándome un goce absoluto, como el que solo se puede obtener cuándo el amor esta ausente de la ecuación.
Ahí teniéndome en cuatro el médico me agarró de los pelos y tirándome la cabeza para atrás aumentó de repente la vehemencia de sus embestidas, jadeando cada vez más fuerte hasta que se derrumbó sobre mí en medio de violentas convulsiones.
-¡Ahhhhhhhhhh… ahhhhhhhhhh… ahhhhhhhhh…!- bramó roncamente, estallando en un polvo de excelsas proporciones.
-¡Ay doctor… que forma de vacunarme!- exclame en tono de broma, mientras me movía debajo de su cuerpo para sentir aún más nítidamente tan prepotente explosión.
-Con esto vas a estar como nueva- me dijo una vez que recuperó la compostura y volvió en sí.
-Pero supongo que esto vendrá acompañado con algunos días de reposo, ¿no doctor?- le garroneé entonces, sintiendo como su verga ya iba perdiendo consistencia.
-Si por mi fuera te daría lo que queda del año y todo el 2010 también- me aseguró.
Finalmente me justificó dos días más, que era lo máximo que podía otorgar. Yo contenta, aunque igual me hubiera quedado conforme si no me justificaba nada, ya con los polvos que me había regalado me sentía más que compensada.
Cuándo salió de mí, me di la vuelta, le saque el forro y se la limpié con la lengua y los labios, pegándole una lustrada de aquellas, como bien se merecía después de darme tantos días de descanso.
La depresión había quedado atrás, aunque seguía cansada, pero ahora con una buena justificación.

jueves 26 de noviembre de 2009

PUTITA SENSIBLE

Después de cada infidelidad me siento culpable, con un cargo de conciencia que no puedo mitigar ni aún exponiendo de a una todas la excusas que suelo plantearme cada vez que me voy a la cama con otro hombre.
Pero si no lo hago, me estaría mintiendo a mí misma, a mi propia naturaleza que es la que me empuja a hacer de mi marido el cornudo más grande de este mundo.
Tengo sentimientos, no soy solo una conchita húmeda y dispuesta, por eso es que cada tanto me pongo reflexiva, espero que no les moleste, pero es que no tengo a nadie más con quién compartir tales inquietudes.
No solo quiero desnudar ante ustedes mi cuerpo, sino también mi alma, mi corazón, y demostrarles que no soy tan mala mujer como algunos puedan suponer.
Se que muchos me entienden, que comprenden esta dicotomía en la cuál estoy inmersa y de la que no puedo (ni quiero) escapar.
Otros dirán, como ya me han escrito, que les resulto sucia, revulsiva, que una mujer casada debería dedicarse a su esposo y no a satisfacer deseos ajenos, no los culpo, a veces yo pienso lo mismo.
Pero, ¿que puedo hacer?
Me gusta demasiado el sexo como para negarme a esos banquetes que suelo disfrutar en furtiva complicidad con alguien que al igual que yo busca la plena saciedad de sus sentidos.
No puedo ni quiero resistirme, y aunque más de una vez lo he intentado, se muy bien que en mi corazón esta marcado a fuego el gen de la infidelidad.
Soy infiel por naturaleza, no lo puedo evitar, y a veces hasta pienso que padezco de alguna clase de doble personalidad, ya que habitualmente soy una chica tranquila, tirando a tímida, pero en esos momentos me convierto en una fiera salvaje, en una hembra en celo que no reconoce límites ni prejuicios y que nunca dice no.
No soy yo la que se entrega gratuitamente, sin pedir nada a cambio, sino la otra, la “putita” que me domina a fuerza de lujuria y perversión.
Sé muy bien que quienes disfrutaron, disfrutan y disfrutarán de mi condición de puta jamás se mostrarán interesados en tales disquisiciones filosóficas, yo no les importo, solo quieren mi sexo, para ellos solo soy una trolita más, una mina que se regala fácilmente, que se entrega sin renuencia ni condiciones, y que cuándo hayan obtenido de mí lo único que les interesa me olvidaran y se irán como todos los demás, sin regalarme ni siquiera un “te quiero”.

lunes 23 de noviembre de 2009

UN VIAJE NO PLANEADO

Varios días ausente del blog. Disculpen que no me haya siquiera despedido, pero todo se dio muy de repente, de un día para el otro, apenas tuve tiempo de avisar en mi trabajo y a mis allegados más cercanos. Lo que paso es que más allá de algunos mejoramientos temporarios la relación con mi marido se fue resquebrajando en este último tiempo, algunos motivos ya los conocen, uno de ellos es que no quiera todavía darle un hijo, algunos más, los de toda pareja, económicos y laborales, todo se amalgamó para que la crisis estallara y estuviéramos a punto de separarnos. Pero como bien decía el tema de aquella película, el amor es más fuerte, y por eso tratamos de resolver nuestros problemas de la mejor manera posible, para ello decidimos tomarnos un tiempo solo para nosotros, lejos del stress de la ciudad. De ahí el viaje. Como una nueva luna de miel. El lugar elegido, Capilla del Monte, Córdoba, adonde habíamos ido como mieleros hacia unos pocos años.
Avise en mi trabajo que me tomaba unos días, un par de semanas, ya que no sabíamos en concreto cuánto tiempo íbamos a quedarnos, la idea era estar hasta resolver todos nuestros problemas, o volvíamos arreglados, o divorciados. Una de dos, aunque la primera era la que ambos anhelábamos.
No voy a hacerla demasiado larga con lo que paso durante nuestra estadía en las Sierras, ya que hicimos lo que hace toda pareja en su luna de miel, paseamos, fuimos al río, y por sobre todas las cosas cogimos, cogimos mucho, cogíamos a la mañana al despertarnos, salíamos a dar una vuelta o a comprar algo por el centro y cuándo volvíamos cogíamos de nuevo, a la noche, al acostarnos, una vez más, echándonos cada vez unos polvos sublimes, polvos conyugales, muy distintos a los otros, a los de trampa, producto de mis numerosas infidelidades. No digo que sean mejores ni peores, solo que son diferentes, intensos y placenteros ambos, aunque diferentes.
La pasé tan bien y termine tan satisfecha, tan colmada de satisfacción que comencé a plantearme si valía la pena seguir siendo infiel, en esos días supe darme cuenta más que nunca que amo con locura a mi marido y que con él me basta y me sobra y que si lo tengo a mi lado no necesito a nadie más. Estaba convencida de ello, hasta había decidido retirarme y dar por finalizado el blog, e incluso deje de cuidarme consintiendo el deseo de mi marido de quedar embarazada, pero… siempre hay un pero. Y es que soy una puta, puta de alma, una putita incurable, y aunque mi corazón me dicte una cosa, más que lógica y razonable, mi conchita siempre tirara para el otro lado, para el lado de los cuernos. No es que quiera ser infiel, la cuestión es que no puedo evitarlo, y si me gusta, ¿Por qué habría de ser tan hipócrita como para negarme tales placeres?
Era nuestro último día en Capilla, un día espléndido, ideal para pasarlo en el río. Luego de echarnos un polvo glorioso, como todas las mañanas, me di una ducha y preparé unos sándwiches para llevar. A media mañana estuvimos allí, sobre las rocas, cerca del puente colgante que es donde se concentra la mayor cantidad de gente.
Mientras me asoleaba pude darme cuenta de la presencia de una familia a unos pocos metros de donde estábamos nosotros. El padre, la madre y cuatro chiquitos de edades próximas que no se quedaban quietos ni por un segundo. Me imaginaba a mí misma con varios críos dando vuelta a mí alrededor, y la verdad es que tal detalle no pasaría de ser una simple anécdota de no ser por las miradas que de rato en rato me echaba aquel padre de familia numerosa. Pese a la abundante progenie que había engendrado se encontraba en buen estado. Alto, fuerte, atlético, aprovechaba cada distracción de su esposa para mirarme en esa forma que delata un deseo extremo, las ansias de la lujuria en su punto más intenso.
No se trataba de un simple mirón, sino de un pirata con todas las de la ley, igual que yo, que supo reconocer en mí a una de su misma especie. Entonces me olvide de todo lo que había considerado durante aquellas semanas. Es increíble lo que puede suscitar una simple mirada, aunque no se trataba de una mirada común, sino de una cargada con el germen de la infidelidad. Me saque entonces los lentes para sol que tenía puestos y aprovechando que mi marido estaba dormitando en la sombra, empecé a devolverle las miradas, una por una. Me sonreía y yo le sonreía. En cierto momento como que da un cabeceo señalando un camino por entre las sierras. Le dice algo a su esposa, agarra una toalla y se dirige hacia ese camino, y al pasar por mi lado me lanza una mirada cargada de morbo y excitación. Lo veo desaparecer entre los arbustos y las rocas. Me quedo pensando por un momento, indecisa todavía. Recién entonces tomo la determinación de seguirlo, total, me digo, quizás no pase nada. Me acerco a mi marido que sigue dormitando bajo la sombra de un árbol y le digo que voy a dar un paseo, que enseguida vuelvo. Me contesta con un ronquido. Me levanto y enfilo por el mismo camino. Me desanimo pronto, ya que tras hacer varios metros solo encuentro rocas y agua. Ni señal de aquel padre de familia que tanto me había encandilado con sus miradas, dudo entre seguir o volver, decido seguir un trecho más. Ya no hay gente, solo se escucha el continuo y persistente discurrir de las aguas. En eso, cuándo ya estoy por dar la media vuelta, me lo encuentro de frente. Pego un grito que enseguida el se encarga de sofocar tapándome la boca con una mano y arrastrándome consigo a un costado de aquel camino. No me resisto a aquel ansiado secuestro. El susto se me va casi de inmediato al darme cuenta de que él era mi captor. Ya a resguardo y sin decirme nada me atrae y me besa con furor. No hay rechazo de mi parte, por el contrario, le respondo con el mismo frenesí, enlazando mi lengua con la suya, fundiéndonos en un beso intenso, arrebatado, cargado de lascivia y promiscuidad.
-¿Le vas a poner los cuernos a tu maridito? Dale, decime que te gusta ponerle los cuernos- me dice despegando sus labios de los míos.
-¡Si… le voy a poner los cuernos con vos… lo voy a hacer bien cornudo… después de hoy no va a poder pasar ni por la puerta de los cuernos bien grandes que va a tener!- le digo buscando ansiosa su boca, a la vez que con una mano le froto la carpa que ya se le formo por debajo del short de baño.
Me agarra entonces de la mano y me lleva hacia un lugar aparentemente solitario y bastante alejado del brazo principal del río. Se apoya de espalda contra una roca y se baja el short mostrándome una erección de soberbias proporciones. La tiene bastante larga, presumo que de unos 18 centímetros aproximadamente, poco más, poco menos, con una comba en el medio que hace que la cabeza apunte hacia el cielo, hinchada, tentadora, refulgente. Se la agarro con una mano y comienzo a maniobrar con ella, sacudiéndosela fuerte y rítmicamente, lo miro a los ojos, no hacen faltas palabras, en situaciones como esas las personas como nosotros se comunican sin necesidad de hablar. Los dos sabemos muy bien lo que queremos y hasta donde estamos dispuestos a llegar para conseguirlo.
Abro la boca y me trago un buen pedazo, me lo meto hasta donde me llega, un poco más allá de las amígdalas, y ahí si, me pongo a chupársela con descontrolado frenesí, metiéndomela hasta donde puedo, llorando y hasta haciendo arcadas cada vez que la punta me golpea la garganta. La siento dura y caliente, venosa en exceso, rebosante de vigor y virilidad. Aunque durante esos días había disfrutado plenamente de la de mi marido, necesitaba algo como eso, la pija de un desconocido, no se porque pero la pija de un extraño siempre me resulta mucho más gratificante, y la de ese sujeto cubría sobradamente todas mis demandas.
Por supuesto quería disfrutarla la mayor cantidad de tiempo que me fuera posible, así que fui relajando el ritmo, pero contrariando mi decisión me agarró de la cabeza con ambas manos y me hundió su verga casi hasta la laringe. Creí que me ahogaba, ya que no me soltaba, rebalsándome la boca con su portentoso volumen, y encima me tapaba la nariz con su espesa mata de pendejos. Sentía como se me llenaban de lágrimas los ojos y como se me enrojecían las mejillas, hasta que me la sacó justo a tiempo para recuperar el aliento, tosí, escupí y aspiré una larga bocanada de aire, y me la volvió a meter, la retuvo un rato dentro de mi boca y comenzó a moverse, lentamente, deslizando su aguerrida verga por entre mis labios. De a ratos la sacaba y me golpeaba en la cara con ella, dándome unos ricos mazazos que me incitaban mucho más todavía. Yo se la lamía, le pasaba la lengua por los lados, arriba y abajo, le lamía los huevos, se los chupaba, trataba de meterme los dos juntos dentro de la boca, pero no podía, estaban muy hinchados, cargados de leche, luego de una rica mamada me levanta, me retiene junto a él y me besa larga y apasionadamente, con sus labios desciende por mi cuello, por mi pecho, bajándome el corpiño de la bikini se apodera de mis pechos, me chupa uno, luego el otro, me muerde los pezones, me los mastica deliciosamente, sigue bajando, lamiendo y besando mi vientre, me baja la tanga, me la saca y la arroja sobre una roca, estoy totalmente desnuda a la vera del río con un completo extraño, a su entera disposición, ninguno dice nada, en esos momentos las palabras no son necesarias, solo suspiros y jadeos, ahora es el quién se arrodilla ante mí y recorre toda mi hendidura con su lengua, me chupa tan rico que mis piernas tiemblan, apenas puedo sostenerme, pero sigue, levanto una pierna y la colocó sobre uno de sus hombros, aferrándome de sus cabellos para mantener el equilibrio, el sigue bien metido ahí, adentro, en lo más hondo, serpenteando en mi interior, colmándome de subyugantes delicias. Sin dejar de chuparme me agarra de las nalgas y me mete un dedo dentro del culo, me lo mete todo, hasta el nudillo, entrando y saliendo, mientras su lengua hace lo mismo por delante.
Entonces se levanta, me toma de la mano y me lleva hacia una de las rocas. Hace que me recueste sobre la misma, de espaldas a él y se prepara para penetrarme. Estamos en medio del río, sin ningún lugar a mano al cuál recurrir para comprar un preservativo. Encima durante esa luna de miel que había tenido con mi marido no me había cuidado, dejando que la naturaleza tomara la decisión del embarazo. Se que les prometí cuidarme, pero doy por sentado que sabrán comprenderme.
-Por la cola-le advertí entonces –Es que no me estoy cuidando-
Sin decir nada me metió un par de dedos en el ojete, dándoles vueltas y vueltas para abrírmelo mucho más todavía, y entonces si, sentí la candente punta de su pija avanzando por mi retaguardia, abriéndome a fuerza de empuje y más empuje, grité de placer al sentir como avanzaba hundiéndose por completo dentro de mí, quemándome, arrasándome con su descollante virilidad. Cuándo estuvo bien metido, se quedo ahí quieto por un instante, jadeando complacido, tras lo cuál comenzó a moverse en toda su suculenta extensión, desgarrándome, volviéndome a proporcionar luego de bastantes días el inigualable placer de sentirme muy bien enculada. Mi marido no me hace la cola, eso lo reservo para mis amantes, por lo que extrañaba esa deliciosa quemazón en mi recto, esa brutal invasión anal que tantas satisfacciones me proporciona.
Bien aferrado de mi cintura el padre de familia entraba y salía con un ritmo lento y medido primero, aunque aumentándolo de a poco, calzándomela toda, bien hasta los pelos, empujándome los intestinos más para adentro con cada embestida. No sé si habría gente cerca, pero yo gemía a mis anchas, liberando mediante gritos cada vez más exaltados toda esa agresión sexual que venía conteniendo desde hacia un par de semanas. Con mi esposo hago el amor, con los demás cojo, garcho, fifo, culeo, la diferencia es notoria, aunque todo conlleva a un mismo fin en común, disfrutar del mejor polvo que se pueda. A eso se reduce la vida, al disfrute de los sentidos.
Bien aferrado de mi cintura aquel padre de familia aceleraba de a ratos el ritmo de la culeada, reventándome las nalgas con los violentos golpes de su pelvis. Entonces me cruzó sus brazos sobre la espalda y sujetándome con las manos cambiadas de los hombros aceleró sus movimientos en una forma por demás brutal y acelerada, como si pretendiera partirme al medio con sus arremetidas, mis gritos y jadeos aumentaron de intensidad, tanto que resonaban entre medio de las sierras. Entonces en uno de esos fuertes empujones me la dejo clavada bien adentro, y soltando un bramido por demás placentero se dejo ir, llenándome el ojete con su leche cargada de lujuria e infidelidad. Era tal la cantidad que había eyaculado que sentía la guasca derramándose por entre mis muslos, empapándome con su deliciosa viscosidad. Me la sacó y todavía temblorosa me la refregó por sobre los labios de la concha, pero sin llegar a entrar. Entonces me tomo de la mano y me llevo hacia un costado, a un claro entre los yuyos. Ahí estaba tendida la toalla con que lo había visto desaparecer por el camino, se recostó de espalda y con su verga a media asta, goteando todavía, me hizo saber que quería que se la volviera a chupar. Al parecer le había gustado lo que le hice con mi boquita. Me tendí a su lado e inclinándome sobre la suculenta verga de ese padre de familia, me la metí en la boca y le dispensé una mamada de aquellas, haciendo de mis labios una auténtica máquina succionadora. Los complacidos suspiros que profería eran mi merecida recompensa, lo que me motivaba a seguir adelante. Me la comía casi hasta la mitad, siendo ahora yo la que trataba de devorármela entera, sofocándome con semejante cantidad de carne.
Cuándo ya estuvo lista, en su punto de máxima dureza, me senté encima, de cuclillas sobre su cuerpo y acomodándomela en la puerta del culo me senté de una sola vez, haciendo que se deslizara hasta lo más hondo. Me quede ahí sentada, moviéndome gustosamente, sintiendo mis esfínteres dilatándose, tras lo cuál empecé a subir y bajar, aumentando de a poco el ritmo, enterrándome toda esa caliente y palpitante verga mientras que con mis propios dedos masajeaba mi clítoris, entonándolo, endureciéndolo, guiándome a mí misma hacia un orgasmo de proporciones monumentales, como el que había tenido hacia solo unos instantes.
Mis tetas se sacudían de un lado al otro a causa de mi agitada cabalgata, aunque él me las agarraba de a ratos y me las apretaba, derritiéndome con tan incitantes caricias, hasta que de nuevo una explosión láctea se desencadenó en mi interior rebalsándome con sus pletóricas delicias. Yo también estallé junto con él, gozando hasta la locura ese intenso derrame que tantas gratificaciones me proporcionaba. Los dos gemimos casi al unísono, complementándonos, deshaciéndonos de placer, elevándonos a puro sentimiento hacia la cima del Cielo. Nos quedamos un rato ahí, bien enganchados, dejando que el éxtasis fluyera, hasta que la pija del padre de familia numerosa se desinflamó y por si sola salió de mi interior, emitiendo un sonido aguado el cuál fue seguido por un derrame de leche que se filtró por entre mis muslos.
Me levanté, apreté bien el culito para exprimirme todo el semen de adentro, y busque mi bikini por entre las rocas, me lo puse y volví por donde había llegado. Mi marido seguía dormitando en la sombra. Me recosté junto a él, me puse los lentes de sol e hice como si nada hubiera pasado, aunque la guasca que todavía se filtraba por entre mis piernas y las punzadas que sentía en mi culito me confirmaba que si había pasado algo, y algo muy bueno debo decir.
Volví a Buenos Aires convencida que el camino elegido era el correcto y que no debía cambiarlo, y es que cuando una elige debe ser para siempre.

domingo 25 de octubre de 2009

EN UN BAÑO PUBLICO

Luego de echarnos otro polvo en su departamento con Francisco nos pusimos a evaluar las distintas posibilidades para hacer realidad nuestra fantasía de hacerlo en un baño público. Teníamos varias opciones en carpeta, el baño de un cine, de un restaurante, de alguna estación de tren, o hasta incluso del subte, pero en todas ellas corríamos el riesgo de ser descubiertos en plena contienda, por lo que el lugar elegido debía ser uno en el que no hubiera demasiado tránsito de personas. Que nos sorprendieran no nos importaba tan solo por el hecho de ser atrapados in fraganti en tal situación y por la vergüenza que ello pudiera acarrear, sino por la interrupción misma que podríamos llegar a sufrir. Una vez echados al ruedo no queríamos tener que parar solo porque alguien nos había visto. Si íbamos a hacerlo teníamos que hacerlo bien y no detenernos sino hasta el final, o sea hasta echarnos el polvo de nuestras vidas. Fue así que Francisco se ocupo de ir chequeando los distintos escenarios que teníamos en mente, ambos fuimos sugiriendo lugares que conocíamos, hasta que decidimos, por si las moscas, que lo mejor era un lugar que no conociéramos en lo absoluto. Así, si nos descubrían el impacto iba a ser mucho más leve. Fue entonces que un buen día mi vecino me vino con la noticia de que ya había seleccionado el lugar. Sería en una de las conocidas confiterías de “Plaza del Carmen”, no voy a decir cuál para no comprometer al personal de la misma, pero en una que esta por Palermo. Entusiasmado como nene con chiche nuevo ante la inminente posibilidad de cumplir de una vez por todas su fantasía de echarse un polvo en un baño público, me consultó cuándo podía y le dije que si por mí fuera podía ahora mismo, pero finalmente arreglamos para el día siguiente, después de que yo saliera del trabajo.
Si bien no era una fantasía mía yo también estaba bastante ansiosa, y es que en lo que al sexo se refiere siempre estoy abierta a toda clase de experiencias, sobre todo eso: “abierta”. Muy abierta, ja.
La tarde en cuestión salí del trabajo y lo llamé al celu para avisarle que iba en camino. El subte me dejo a solo una cuadra. Cuándo entré a la confitería lo vi sentado junto a una de las ventanas que da a la avenida Santa Fe. Por supuesto que no lo salude, sentándome en una mesa alejada aunque desde la cuál no podía perderlo de vista. La idea era que éramos dos desconocidos ávidos de sexo que se encontraban casualmente en el servicio de aquella confitería y pasaba lo que ambos querían que pasara, en síntesis esa era la fantasía que nos proponíamos llevar a cabo.
Pedí una lágrima y me dispuse a esperar hasta que él tomara la iniciativa. Tras algunos minutos se levantó de su mesa y fue hacia la escalera que seguramente conducía a los baños, no sin antes echarme una mirada que yo ya sabía muy bien lo que significaba. Le pregunte a uno de los mozos en donde quedaba el “toilette”, y tras que me lo indicara fui hacia allá, subiendo por detrás de Francisco.
Cuándo llegué al pasillo en donde se anunciaban con carteles el baño para hombres de un lado y el de mujeres del otro, me quede sorprendida al no ver a nadie, ya que suponía que Francisco me estaría esperando en la puerta de alguno de ellos. Dude por un instante, hasta que la puerta del baño de hombres se abre, y agarrándome de un brazo Francisco me mete para adentro, cerrando la puerta tras nuestro. Sin soltarme el brazo me lleva a uno de los reservados y estampándome de espalda contra la pared empieza a besarme y a meterme mano por todos lados, yo le sigo la corriente, acariciando esa parte de su cuerpo que ya parece querer incendiarle el pantalón. Deslizando una mano por debajo de mi pollera, y evadiendo hábilmente el elástico de mi tanga me introduce un dedo en la concha, notando enseguida que yo estoy en un estado similar al suyo.
-¡Estás empapada!- alcanza a susurrar mientras se baja el cierre, extrayendo a través de la bragueta su verga ya caliente e hinchada.
Para permitirle un mejor acceso, considerando la situación incómoda en que estábamos, me saque la tanga y estando aún de pie, calcé una de mis piernas alrededor de su cintura.
-¡Metémela!-le pedí, ya en un estado desesperante.
Bien afirmado frente a mí, enfiló con mano precisa su pletórica verga hacia mis ansiosos labios íntimos y me la metió, tal como le había demandado, y ahí mismo, sin permitirme disfrutar de ese primer ensarte, empezó a moverse, dentro y fuera, cogiéndome deliciosamente dentro del reservado de aquel baño público. Sentíamos que la gente entraba y salía, no mucha, pero si la suficiente como para hacer aún más excitante aquel momento, escuchábamos los pasos detrás de la puerta del reservado, el agua del inodoro, de la canilla, alguien que se detenía seguramente porque había escuchado algún jadeo, pero nosotros seguíamos, estábamos en nuestro propio mundo, dándole rienda suelta a nuestros más bajos instintos.
Luego de un rato Francisco me la saco y se sentó sobre la tapa del inodoro, yo me le senté encima, clavándome por las mías todo ese trozo divino que estaba que echaba chispas. Ahí, sentada sobre él, empecé a subir y bajar, con más entusiasmo cada vez, devorando con mi conchita hasta el último centímetro de tan rebosante manjar. Desde atrás él me amasaba las tetas a través de la ropa, encendiéndome en una forma que me resultaba por demás única e incomparable.
Entonces me cacheteó la cola para que me levantara. Así lo hice, lamentando el repentino vacío que sentí en mi conchita. Ahí fue que abrió la puerta del reservado, y me empujó hacia fuera.
-¿Qué hacés, estás loco?- le dije.
-Dale, ya que estamos, hagámosla completa- me convenció.
Hizo que me apoyara con las manos en una de las piletas y que echara la cola para atrás, tomándome él por la retaguardia, penetrándome una vez más con combazos largos y profundos, los cuáles repercutían estruendosamente en cada una de mis células nerviosas. Lo mejor de todo era que en cualquier momento podía entrar alguien y vernos garchando como si estuviéramos en un telo, ¡pero era un baño público, ¡¡el baño de una concurrida confitería!!, y nosotros que no queríamos detenernos.
Las embestidas de Francisco se hicieron cada vez más rápidas, hasta que me la sacó, me dio la vuelta mediante un brusco movimiento y sentándome ahora sobre el borde de la pileta, me la volvió a meter, esta vez por delante, cogiéndome gloriosamente, empujando con todas sus fuerzas esa maquinaria amorosa que sabía manejar con tanta solvencia. Yo enlazaba mis piernas alrededor de su cuerpo para sentirlo mucho más adentro todavía, hasta que… acabamos los dos al mismo tiempo. Mi orgasmo salió disparado en forma de chorro, salpicando a Francisco con su efusividad, mientras que el suyo me llenaba, me inundaba con su láctea calidez. Ni siquiera tuvimos tiempo para gozar, a toda prisa nos metimos de nuevo en el reservado, ya que escuchamos unos pasos que se acercaban. Ahí nos relajamos, nos tranquilizamos, y nos dejamos llevar por ese torbellino de sensaciones que todavía nos sacudían. Recién en ese momento pude percibir el olor a meo que había en el lugar. No muy intenso, pero si lo suficiente como para sentirlo, pero contrariamente a lo que puedan suponer, no resultaba en lo absoluto desagradable, sino que mezclado con el aroma del sexo, conformaba una fragancia sumamente exquisita, deliciosamente estimulante. Nos arreglamos, y tras asegurarnos que no había moros en la costa salimos del baño. Él regresó a su mesa, pero yo tuve que ir al baño de mujeres, ya que la leche de Francisco me chorreaba por las piernas, así que fui a enjuagarme la conchita.
Era impresionante lo que Francisco había descargado, estuve un buen rato con las piernas abiertas sobre el inodoro, dejando que el semen todavía fresco y caliente de mi vecino fluyera de mi interior. Recién entonces me acomodé la ropa, me arreglé y volví a mi mesa. Francisco todavía estaba en la suya, esperando a que bajara. Pagamos nuestras respectivas cuentas y salimos casi coincidentemente de la confitería. Afuera, en la vereda, nos juntamos, riéndonos satisfechos de haber logrado nuestro cometido: hacer realidad la fantasía de echarnos un polvo en un baño público. Ahora me tocaba a mí cumplir mi fantasía, que era la de hacerlo con dos hombres al mismo tiempo. Ya estoy más cerca que nunca.

ACLARACION

El siguiente relato, “EN UN BAÑO PUBLICO”, es una experiencia anterior a “ME REGARCHÓ MAL”, que no llegue a publicar en su momento debido a distintas circunstancias que ya expuse en otras entradas, y también porque mi encuentro con el Cholo fue tan impactante que me pareció que debía tener la prioridad, después de todo no es habitual que te dejen prácticamente lisiada tras una relación sexual, aunque definir a lo que paso aquella tarde como una “relación sexual” creo que no contempla lo verdaderamente ocurrido. Aquello fue una carnicería, un sanguinario sacrificio en el cuál yo fui la víctima que se entregó mansamente y sin renuencia sin llegar a considerar nunca las consecuencias de tal decisión.
Por otra parte creo que tienen razón respecto a lo que me ponen en los comentarios. No puedo dejarme lechear así por cualquiera. Soy consciente de los riesgos que se corren, pero es que… en esos momentos de calentura una confía en su eventual acompañante y cree que será él quién tome la decisión de cuidarse, pero a veces no resulta así, y cuándo nos damos cuenta ya es demasiado tarde. Así que por lo visto y tomando en cuenta los consejos que me dan, de los cuáles estoy muy agradecida, desde ahora voy a ser yo la que decida en ese aspecto. Tendré que esforzarme para tratar de mantenerme lo suficientemente lúcida en esos momentos ya que cuándo me caliento… bueno, ustedes ya lo saben, pierdo la cabeza y ya no soy responsable de mis actos.
Lo que si voy a tener que tener los forros bien escondidos en mi cartera, porque si mi marido los encuentra no se que excusa pueda llegar a ponerle.
Ahora si los dejo con el relato en el que cuento como ayude a mi vecino a cumplir una de sus mayores fantasías. Espero que les guste, y como siempre besitos en donde mas lo prefieran.

PD. Los tatuajes de la foto me los hizo un admirador. Muy agradecida. Si les gusta las colas les recomiendo su blog: http://www.purasnalgonas.blogspot.com

martes 20 de octubre de 2009

¡ME REGARCHO MAL!

Día de la madre en San Justo, ya le había agarrado el gusto a esto de visitar a mis viejos, y aprovechar algún momento de distracción familiar para hacerme una escapadita, esas que ustedes tanto disfrutan. La primera había sido con don Pereyra, el vecino de toda la vida, el que había visto desde el principio mi desarrollo hormonal, y que finalmente, después de tantos años, había logrado disfrutar de las bondades de mi cuerpo en una forma que de seguro siempre deseo pero que jamás debió creer que pudiera hacerse realidad. No hubiera estado mal echarme otro polvo con el viejo, pero la idea es no repetirme, sino ofrecerles experiencias nuevas con cada entrada. Así es que aquel fin de semana ya iba con la idea de agregar una nueva marca a mi registro. Después de las dudas y titubeos de las últimas semanas y gracias a algunos comentarios que escribieron en cada una de las entradas, llegué a una conclusión: FUI, SOY Y SIEMPRE VOY A SER ASI DE PUTA. No es algo que se haya dado repentinamente, de un día para el otro y que pueda desechar cuándo mejor me parezca, ni tampoco es algo de lo que me pueda aburrir. Esta en mis venas, en mi esencia, esta soy yo, sin máscaras ni disfraces, aunque en el día a día tenga que mostrarme de otra manera. Pero bueno, dejemos por el momento estas disquisiciones filosóficas para alguna otra entrada y sigamos con el relato.
Llegamos a la casa de mis viejos, nos instalamos, almorzamos y a la hora de la siesta ya estuve preparada para lo que fuera. Mi marido se iba a jugar un partido de truco con mis hermanos, por lo que la situación resultaba inmejorable, aunque todavía no tenía ni idea de a quién iba a encarar. Igual no me hacía demasiado problema al respecto, sabía que una vez que saliera a la calle algo habría de surgir. Estaba tan caliente que le diría que sí al primero que me propusiera algo indecente, por más adefesio que fuera.
Así que le dije a mi Mamá que iba a dar una vuelta, y ya afuera empecé a caminar sin ningún rumbo determinado, tan solo me deje llevar. Crucé el camino de cintura y empecé a caminar en sentido contrario a la rotonda. Algunos tipos que me cruzaba en el camino me decían cosas, pero ninguno me proponía lo que realmente estaba buscando. Y lo peor de todo era que lo que me decían me ponía mucho más caliente todavía.
Fue así que llegué, sin darme cuenta, a la casa del “Cholo”. Hacia tiempo que no me acordaba de él. Para que se hagan una idea el Cholo es una especie de leyenda en nuestro barrio, un sujeto que siempre vivió al margen de la ley, que entraba y salía de la cárcel como si se tratara de su casa. Se rumoreaba que tenía conexiones con altos jefes de la policía de la provincia, razón por la cuál siempre lograba zafar. Vivía delinquiendo, y no lo ocultaba, ya que todos sabían que se trataba de un chorro, de un sujeto temible de quién había que cuidarse. Era peligroso, intimidante, y su cuerpo así lo evidenciaba con múltiples marcas y cicatrices que le otorgaban un aspecto mucho más amenazador aún. Era como para tenerle miedo, del tipo de sujeto que si te lo cruzas en la calle mas vale que te cambies de vereda. Sin embargo…
En cierta ocasión había tenido un problema con mis hermanos por el robo de un ciclomotor, ellos estaba seguros de que había sido él quién se lo había llevado de la puerta del negocio de mi hermano mayor, pero el sospechoso rechazaba toda acusación al respecto. En síntesis terminaron a las piñas. Fueron a parar todos a la comisaría, mis hermanos salieron enseguida ya que se trataba de dos personas de conducta intachable, en cambio él, debido a sus antecedentes, pasó el fin de semana en una celda hasta que sus contactos se enteraron y pudieron sacarlo. Entonces juro que se vengaría, aunque la venganza nunca llegó y la enemistad entre ellos pareció quedar sepultada en el pasado.
Ya estaba dejando atrás su casa, en realidad una prefabricada que se había levantado en un terreno usurpado, cuándo escucho un vozarrón a mis espaldas.
-¡Pero miren quién decidió volver al barrio!-
Me paré en secó, me di la vuelta y lo saludé con un tibio hola.
-¿Te acordás de mí?- me pregunto entonces, mirándome de arriba abajo con unos ojos que en cualquier momento parecían estar a punto de salírsele de la cara.
Yo era bastante chica cuándo pasó todo ese problema con mis hermanos, pero claro que me acordaba.
-Si, sos el Cholo- asentí.
-Exacto, vos sos Marielita, ¿no?, la hermana de los…….- quiso corroborar.
-Exacto- repetí –Aunque ya no soy tan Marielita- añadí refiriéndome obviamente a las formas de mi cuerpo.
Eso le encantó.
-Ya lo veo- coincidió abriendo bien los ojos y echándome una de esas miradas que lanzaban fuego.
Yo me mantuve ahí, quieta, esperando ansiosamente cualquier cosa que fuera a suceder.
-¿Y que haces por acá? ¿Acaso estás perdida?- me pregunto.
-No, solo salí a dar una vuelta a ver si encontraba algo interesante para hacer- le dije, mirándolo de la misma forma.
-¿Y, lo encontraste?- quiso saber.
-Puede ser- expresé refiriéndome obviamente al encuentro que acabábamos de tener.
-Y decime, ¿puedo invitarte una cerveza?- me pregunto ya dispuesto a no dejarme escapar.
-Sería muy atento de tu parte- le dije acercándome a la puerta de su casa.
Entonces me hizo un gesto para que entrara. Hice como que dudaba.
-¿Qué, acaso tenes miedo?- inquirió.
-Todos dicen que hay que tenértelo- le hice notar.
Se rió ante mi sinceridad.
-No te voy a morder, te lo prometo, a menos que vos me lo pidas, claro- aclaro más que oportunamente.
Yo también me reí y ya sin titubeo alguno entré a su casa, sintiéndome como Caperucita Roja entrando en la cueva del lobo feroz. Ya adentro sacó una cerveza bien fría de la heladera y llenó dos vasos, alcanzándome uno a mí. Brindamos y entonces dijo:
-Va a ser un gusto usarte para vengarme de tus hermanos-
-¿Si?, podes empezar cuándo quieras entonces- me sonreí, dándole vía libre para que se tomara revancha en la forma que más le apeteciera.
Dejó el vaso sobre la mesa y acercándose a mí empezó a desabrocharse el pantalón. Yo estaba sentada, por lo que cuándo peló su bien provista verga ésta surgió pletórica e inmensa ante mis ojos. La tenía grande el Cholo, de un tamaño que intimidaba al igual que su persona, y eso que todavía no estaba en su punto de máxima erección, oscura, renegrida, con las venas bien marcadas deslizándose a lo largo y a lo ancho de todo su consistente contorno, la cabeza estaba hinchada y enrojecida, reluciente debido a unas profusas gotitas que le salían del orificio de la punta.
-¡Chupámela!- me dijo, o mejor dicho me ordenó.
Ni siquiera tuvo que insistirme al respecto. Se la agarré con una mano, se la froté un poquito y empecé por lamérsela desde abajo, subiendo despacio, dejándome quemar la palma de la lengua con el fuego de su virilidad. Subía y bajaba con la lengua, lamiendo todo a mi paso, hasta que me agarró de los pelos y levantándome la cabeza para que lo mirara, me dijo:
-¡Te dije que me la chuparas!- me hizo abrir la boca y de un solo empujón me la mandó hasta más allá de las amígdalas, ahogándome con su tremendo volumen, el cuál se ponía cada vez más duro, caliente e hinchado.
Obligada por las circunstancias me puse a chupársela con todo mi entusiasmo, pero era tan grande que en un momento me sentí sofocada, tuve que sacármela de la boca y escupir algo de saliva y de los fluidos que derramaba su verga para poder respirar. Me observé en un espejo que había en la pared, estaba con los ojos llorosos y las mejillas enrojecidas, pero eso no me importaba, así que tomé aire, y me la volví a comer, ofrendándole a tan eminente vergazo la mamada que se merecía. De a ratos me la sacaba de la boca y le escupía encima, esparciendo con los dedos lo que escupía por todo su contorno, y me la volvía a meter en la boca, devorando golosamente cada pedazo, cada trozo de esa verga que según las malas lenguas era la más peligrosa de todo San Justo.
Mientras se la chupaba, el Cholo se sacó la remera, exhibiendo en plenitud las cicatrices de su cuerpo y algunos tatuajes con tinta de birome que se había hecho en sus reiteradas entradas a prisión. Sin dejar de mamar ese suculento porongazo que parecía deshacerse en mi paladar, estiré mis manos hacia su pecho y acaricié esas marcas que delataban el constante riesgo en que vivía, eso me excitaba, saber que estaba peteando a un malviviente, a un delincuente, a un hampón, a alguien que vive al margen de la ley, y el pete era solo el comienzo.
Coincidiendo plenamente conmigo, me la sacó de la boca, me ayudo a levantarme y metiendo una mano por el costado del shortcito que tenía puesto, insertó sus dedos en mi conchita, iniciando unos movimientos por demás enloquecedores. Entonces sacaba los dedos, se los chupaba, degustando mi espesa intimidad y me los volvía a meter, más adentro cada vez, masturbándome en una forma frenética mientras que yo hacía lo mismo con su caliente verga, sacudiéndosela fuertemente, mojándome los dedos con su esencia viril.
Prácticamente a la rastra me llevó a su pieza y me tumbó boca abajo sobre la cama. Me agarró de la cintura con ambas manos y me levantó de forma tal que quedara con la cola bien empinada hacia arriba, me dio unos cuántos sopapos en las nalgas y me desabrochó el short, deslizándolo junto con mi tanga casi hasta los tobillos, desnudando por completo mis atributos posteriores. Yo estaba con la cara enterrada en el colchón, de modo que no podía ver nada, aunque si podía sentir, y lo que sentí, tras otra fuerte nalgada que resonó estruendosamente entre las paredes de aquella sombría habitación, fue la hinchada cabeza de su verga apoyándose entre mis labios íntimos. Me la dejó un instante ahí, dejando que se humedeciera con mis espesos fluidos, y entonces sí, me la metió de un solo envión, estremeciendo hasta la última fibra de mi cuerpo con ese profundo ensarte con el que me abrió de par en par, la tenía tan grande el Cholo que se me hinchaba el vientre cada vez que me la mandaba hasta lo más hondo, llenándome toda con su carne rebosante de virilidad, tan caliente y deliciosa, tan potente, fortificada, excedida de vigor.
-Nunca imaginé que fueras tan puta… y así te voy a coger… como la puta que sos…- me decía penetrándome sin piedad alguna, entrando y saliendo en toda su venerable extensión, sacándole chispas a mis gajos con cada embestida.
¿Qué puedo decir?, lloraba del placer que me estaba suministrando. Parecía como si recién hubiera salido de la cárcel después de una larga condena y quisiera desquitarse conmigo toda esa prolongada abstinencia. Yo me abría toda y más también, deseosa de sentir esa verga colapsando mi intimidad, gozando salvajemente cada embiste, cada combazo con el que me glorificaba. Era morboso, siniestro, sombrío, pero me encantaba. Me mojaba sin parar de solo sentir esa fabulosa verga machacando en las partes más íntimas de mi anatomía.
Tras una buena movida, me la sacó de adentro y se echó de espalda en la cama, indicándome que me sentara encima de él. Me levanté como pude, sintiendo unos dolorosos pinchazos en esa parte en donde me había penetrado tan brutalmente, pero así y todo estaba dispuesta a seguir adelante.
Me le subí encima acomodándome como para que esa imponente verga me volviera a llenar en la forma adecuada. Al tenerla toda adentro, eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido desgarrador, desde abajo el Cholo me apretó las tetas con sus manos de gorila y empezó a moverse, empujando cada vez más fuerte, sacudiéndome, estremeciéndome, haciéndome delirar de un placer cada vez más intenso y glorificante. Tras ese primer impacto yo también empecé a moverme, con más entusiasmo cada vez, deshaciéndome en polvos, gozando a más no poder de ese garche que me transportaba hacia Universos que están más allá de la comprensión natural.
Gemía, jadeaba, suspiraba, gritaba, todo junto, y todo más intensamente cada vez, dejándome garchar en esa forma tan brutal aunque terriblemente deliciosa. Mi conchita se empalagaba con esa verga, devorándola en toda su colosal extensión, disfrutando cada pedazo.
-¡Chupámela de nuevo!- me pidió tras una larga y agitada cabalgata, así que me bajé, me acomodé a un costado de su cuerpo y se la volví a mamar, saboreando en su superficie no solo su propio sabor sino también el mío.
Sintiéndola todavía bien endurecida, me le subí encima de nuevo, pero esta vez de espalda, clavándomela de una, haciendo que fluyera de una sola sentada hasta lo más profundo de mi caliente intimidad, y ahí, ya muy bien clavada, empecé a subir y bajar, moviéndome furiosamente, agitándome con todas mis ansías, y mientras yo me movía a mi propio ritmo, tan entusiasta y desesperada, con sus dedos él me acariciaba el clítoris, me lo apretaba y pellizcaba, hasta que acabe estrepitosamente. Grité y me sacudí en violentos espasmos a la vez que un chorro de flujo salía disparado de mi conchita como una manguera recién abierta. Fue la acabada del siglo. Uno, dos, hasta tres chorros fluyeron violentamente, salpicando las sábanas y nuestros cuerpos con su pegajosidad, pero él estaba dispuesto a seguir, yo ya no podía moverme, tenía las piernas entumecidas, por lo que deje que hiciera con mi cuerpo lo que quisiera. Así que me echó hacia un costado y desde atrás siguió dándome como si no tuviera fondo, solo que esta vez en lugar de enterrármela por la concha, me tenía bien enculada, perforándome tan profundamente que parecía querer sacarme petróleo. Y ahora sí, tras unos cuántos ensartes, igual de violentos e impulsivos que todos los demás, acabó tan caudalosamente que por un momento creí que iba a ahogarme con su esperma. Me acabó en el culo, regándome los intestinos con su esencia íntima. Fue un polvo… ¿cómo decirlo?..., cruel, violento, sanguinario, acorde a la reputación de quien me lo suministraba.
Aunque quería no podía levantarme de la cama, me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran molido a palos, si bien la realidad era que me habían molido, sí, pero a pijazos. Tardé un buen rato en recuperarme, entonces fui rengueando al baño y me di una ducha para tratar de restaurar de alguna manera el brutal castigo al que me había sometido aquel indeseable sujeto. Cuándo salí él estaba profundamente dormido, así que me vestí y salí de su casa tan adolorida que apenas podía caminar, pero aún así pude llegar a la casa de mis padres.
El cholo había cumplido con su venganza, y mi cuerpo era testigo.
 
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