Luego de echarnos otro polvo en su departamento con Francisco nos pusimos a evaluar las distintas posibilidades para hacer realidad nuestra fantasía de hacerlo en un baño público. Teníamos varias opciones en carpeta, el baño de un cine, de un restaurante, de alguna estación de tren, o hasta incluso del subte, pero en todas ellas corríamos el riesgo de ser descubiertos en plena contienda, por lo que el lugar elegido debía ser uno en el que no hubiera demasiado tránsito de personas. Que nos sorprendieran no nos importaba tan solo por el hecho de ser atrapados in fraganti en tal situación y por la vergüenza que ello pudiera acarrear, sino por la interrupción misma que podríamos llegar a sufrir. Una vez echados al ruedo no queríamos tener que parar solo porque alguien nos había visto. Si íbamos a hacerlo teníamos que hacerlo bien y no detenernos sino hasta el final, o sea hasta echarnos el polvo de nuestras vidas. Fue así que Francisco se ocupo de ir chequeando los distintos escenarios que teníamos en mente, ambos fuimos sugiriendo lugares que conocíamos, hasta que decidimos, por si las moscas, que lo mejor era un lugar que no conociéramos en lo absoluto. Así, si nos descubrían el impacto iba a ser mucho más leve. Fue entonces que un buen día mi vecino me vino con la noticia de que ya había seleccionado el lugar. Sería en una de las conocidas confiterías de “Plaza del Carmen”, no voy a decir cuál para no comprometer al personal de la misma, pero en una que esta por Palermo. Entusiasmado como nene con chiche nuevo ante la inminente posibilidad de cumplir de una vez por todas su fantasía de echarse un polvo en un baño público, me consultó cuándo podía y le dije que si por mí fuera podía ahora mismo, pero finalmente arreglamos para el día siguiente, después de que yo saliera del trabajo.
Si bien no era una fantasía mía yo también estaba bastante ansiosa, y es que en lo que al sexo se refiere siempre estoy abierta a toda clase de experiencias, sobre todo eso: “abierta”. Muy abierta, ja.
La tarde en cuestión salí del trabajo y lo llamé al celu para avisarle que iba en camino. El subte me dejo a solo una cuadra. Cuándo entré a la confitería lo vi sentado junto a una de las ventanas que da a la avenida Santa Fe. Por supuesto que no lo salude, sentándome en una mesa alejada aunque desde la cuál no podía perderlo de vista. La idea era que éramos dos desconocidos ávidos de sexo que se encontraban casualmente en el servicio de aquella confitería y pasaba lo que ambos querían que pasara, en síntesis esa era la fantasía que nos proponíamos llevar a cabo.
Pedí una lágrima y me dispuse a esperar hasta que él tomara la iniciativa. Tras algunos minutos se levantó de su mesa y fue hacia la escalera que seguramente conducía a los baños, no sin antes echarme una mirada que yo ya sabía muy bien lo que significaba. Le pregunte a uno de los mozos en donde quedaba el “toilette”, y tras que me lo indicara fui hacia allá, subiendo por detrás de Francisco.
Cuándo llegué al pasillo en donde se anunciaban con carteles el baño para hombres de un lado y el de mujeres del otro, me quede sorprendida al no ver a nadie, ya que suponía que Francisco me estaría esperando en la puerta de alguno de ellos. Dude por un instante, hasta que la puerta del baño de hombres se abre, y agarrándome de un brazo Francisco me mete para adentro, cerrando la puerta tras nuestro. Sin soltarme el brazo me lleva a uno de los reservados y estampándome de espalda contra la pared empieza a besarme y a meterme mano por todos lados, yo le sigo la corriente, acariciando esa parte de su cuerpo que ya parece querer incendiarle el pantalón. Deslizando una mano por debajo de mi pollera, y evadiendo hábilmente el elástico de mi tanga me introduce un dedo en la concha, notando enseguida que yo estoy en un estado similar al suyo.
-¡Estás empapada!- alcanza a susurrar mientras se baja el cierre, extrayendo a través de la bragueta su verga ya caliente e hinchada.
Para permitirle un mejor acceso, considerando la situación incómoda en que estábamos, me saque la tanga y estando aún de pie, calcé una de mis piernas alrededor de su cintura.
-¡Metémela!-le pedí, ya en un estado desesperante.
Bien afirmado frente a mí, enfiló con mano precisa su pletórica verga hacia mis ansiosos labios íntimos y me la metió, tal como le había demandado, y ahí mismo, sin permitirme disfrutar de ese primer ensarte, empezó a moverse, dentro y fuera, cogiéndome deliciosamente dentro del reservado de aquel baño público. Sentíamos que la gente entraba y salía, no mucha, pero si la suficiente como para hacer aún más excitante aquel momento, escuchábamos los pasos detrás de la puerta del reservado, el agua del inodoro, de la canilla, alguien que se detenía seguramente porque había escuchado algún jadeo, pero nosotros seguíamos, estábamos en nuestro propio mundo, dándole rienda suelta a nuestros más bajos instintos.
Luego de un rato Francisco me la saco y se sentó sobre la tapa del inodoro, yo me le senté encima, clavándome por las mías todo ese trozo divino que estaba que echaba chispas. Ahí, sentada sobre él, empecé a subir y bajar, con más entusiasmo cada vez, devorando con mi conchita hasta el último centímetro de tan rebosante manjar. Desde atrás él me amasaba las tetas a través de la ropa, encendiéndome en una forma que me resultaba por demás única e incomparable.
Entonces me cacheteó la cola para que me levantara. Así lo hice, lamentando el repentino vacío que sentí en mi conchita. Ahí fue que abrió la puerta del reservado, y me empujó hacia fuera.
-¿Qué hacés, estás loco?- le dije.
-Dale, ya que estamos, hagámosla completa- me convenció.
Hizo que me apoyara con las manos en una de las piletas y que echara la cola para atrás, tomándome él por la retaguardia, penetrándome una vez más con combazos largos y profundos, los cuáles repercutían estruendosamente en cada una de mis células nerviosas. Lo mejor de todo era que en cualquier momento podía entrar alguien y vernos garchando como si estuviéramos en un telo, ¡pero era un baño público, ¡¡el baño de una concurrida confitería!!, y nosotros que no queríamos detenernos.
Las embestidas de Francisco se hicieron cada vez más rápidas, hasta que me la sacó, me dio la vuelta mediante un brusco movimiento y sentándome ahora sobre el borde de la pileta, me la volvió a meter, esta vez por delante, cogiéndome gloriosamente, empujando con todas sus fuerzas esa maquinaria amorosa que sabía manejar con tanta solvencia. Yo enlazaba mis piernas alrededor de su cuerpo para sentirlo mucho más adentro todavía, hasta que… acabamos los dos al mismo tiempo. Mi orgasmo salió disparado en forma de chorro, salpicando a Francisco con su efusividad, mientras que el suyo me llenaba, me inundaba con su láctea calidez. Ni siquiera tuvimos tiempo para gozar, a toda prisa nos metimos de nuevo en el reservado, ya que escuchamos unos pasos que se acercaban. Ahí nos relajamos, nos tranquilizamos, y nos dejamos llevar por ese torbellino de sensaciones que todavía nos sacudían. Recién en ese momento pude percibir el olor a meo que había en el lugar. No muy intenso, pero si lo suficiente como para sentirlo, pero contrariamente a lo que puedan suponer, no resultaba en lo absoluto desagradable, sino que mezclado con el aroma del sexo, conformaba una fragancia sumamente exquisita, deliciosamente estimulante. Nos arreglamos, y tras asegurarnos que no había moros en la costa salimos del baño. Él regresó a su mesa, pero yo tuve que ir al baño de mujeres, ya que la leche de Francisco me chorreaba por las piernas, así que fui a enjuagarme la conchita.
Era impresionante lo que Francisco había descargado, estuve un buen rato con las piernas abiertas sobre el inodoro, dejando que el semen todavía fresco y caliente de mi vecino fluyera de mi interior. Recién entonces me acomodé la ropa, me arreglé y volví a mi mesa. Francisco todavía estaba en la suya, esperando a que bajara. Pagamos nuestras respectivas cuentas y salimos casi coincidentemente de la confitería. Afuera, en la vereda, nos juntamos, riéndonos satisfechos de haber logrado nuestro cometido: hacer realidad la fantasía de echarnos un polvo en un baño público. Ahora me tocaba a mí cumplir mi fantasía, que era la de hacerlo con dos hombres al mismo tiempo. Ya estoy más cerca que nunca.
domingo 25 de octubre de 2009
ACLARACION
El siguiente relato, “EN UN BAÑO PUBLICO”, es una experiencia anterior a “ME REGARCHÓ MAL”, que no llegue a publicar en su momento debido a distintas circunstancias que ya expuse en otras entradas, y también porque mi encuentro con el Cholo fue tan impactante que me pareció que debía tener la prioridad, después de todo no es habitual que te dejen prácticamente lisiada tras una relación sexual, aunque definir a lo que paso aquella tarde como una “relación sexual” creo que no contempla lo verdaderamente ocurrido. Aquello fue una carnicería, un sanguinario sacrificio en el cuál yo fui la víctima que se entregó mansamente y sin renuencia sin llegar a considerar nunca las consecuencias de tal decisión.
Por otra parte creo que tienen razón respecto a lo que me ponen en los comentarios. No puedo dejarme lechear así por cualquiera. Soy consciente de los riesgos que se corren, pero es que… en esos momentos de calentura una confía en su eventual acompañante y cree que será él quién tome la decisión de cuidarse, pero a veces no resulta así, y cuándo nos damos cuenta ya es demasiado tarde. Así que por lo visto y tomando en cuenta los consejos que me dan, de los cuáles estoy muy agradecida, desde ahora voy a ser yo la que decida en ese aspecto. Tendré que esforzarme para tratar de mantenerme lo suficientemente lúcida en esos momentos ya que cuándo me caliento… bueno, ustedes ya lo saben, pierdo la cabeza y ya no soy responsable de mis actos.
Lo que si voy a tener que tener los forros bien escondidos en mi cartera, porque si mi marido los encuentra no se que excusa pueda llegar a ponerle.
Ahora si los dejo con el relato en el que cuento como ayude a mi vecino a cumplir una de sus mayores fantasías. Espero que les guste, y como siempre besitos en donde mas lo prefieran.
PD. Los tatuajes de la foto me los hizo un admirador. Muy agradecida. Si les gusta las colas les recomiendo su blog: http://www.purasnalgonas.blogspot.com
Por otra parte creo que tienen razón respecto a lo que me ponen en los comentarios. No puedo dejarme lechear así por cualquiera. Soy consciente de los riesgos que se corren, pero es que… en esos momentos de calentura una confía en su eventual acompañante y cree que será él quién tome la decisión de cuidarse, pero a veces no resulta así, y cuándo nos damos cuenta ya es demasiado tarde. Así que por lo visto y tomando en cuenta los consejos que me dan, de los cuáles estoy muy agradecida, desde ahora voy a ser yo la que decida en ese aspecto. Tendré que esforzarme para tratar de mantenerme lo suficientemente lúcida en esos momentos ya que cuándo me caliento… bueno, ustedes ya lo saben, pierdo la cabeza y ya no soy responsable de mis actos.
Lo que si voy a tener que tener los forros bien escondidos en mi cartera, porque si mi marido los encuentra no se que excusa pueda llegar a ponerle.
Ahora si los dejo con el relato en el que cuento como ayude a mi vecino a cumplir una de sus mayores fantasías. Espero que les guste, y como siempre besitos en donde mas lo prefieran.
PD. Los tatuajes de la foto me los hizo un admirador. Muy agradecida. Si les gusta las colas les recomiendo su blog: http://www.purasnalgonas.blogspot.com
martes 20 de octubre de 2009
¡ME REGARCHO MAL!
Día de la madre en San Justo, ya le había agarrado el gusto a esto de visitar a mis viejos, y aprovechar algún momento de distracción familiar para hacerme una escapadita, esas que ustedes tanto disfrutan. La primera había sido con don Pereyra, el vecino de toda la vida, el que había visto desde el principio mi desarrollo hormonal, y que finalmente, después de tantos años, había logrado disfrutar de las bondades de mi cuerpo en una forma que de seguro siempre deseo pero que jamás debió creer que pudiera hacerse realidad. No hubiera estado mal echarme otro polvo con el viejo, pero la idea es no repetirme, sino ofrecerles experiencias nuevas con cada entrada. Así es que aquel fin de semana ya iba con la idea de agregar una nueva marca a mi registro. Después de las dudas y titubeos de las últimas semanas y gracias a algunos comentarios que escribieron en cada una de las entradas, llegué a una conclusión: FUI, SOY Y SIEMPRE VOY A SER ASI DE PUTA. No es algo que se haya dado repentinamente, de un día para el otro y que pueda desechar cuándo mejor me parezca, ni tampoco es algo de lo que me pueda aburrir. Esta en mis venas, en mi esencia, esta soy yo, sin máscaras ni disfraces, aunque en el día a día tenga que mostrarme de otra manera. Pero bueno, dejemos por el momento estas disquisiciones filosóficas para alguna otra entrada y sigamos con el relato.
Llegamos a la casa de mis viejos, nos instalamos, almorzamos y a la hora de la siesta ya estuve preparada para lo que fuera. Mi marido se iba a jugar un partido de truco con mis hermanos, por lo que la situación resultaba inmejorable, aunque todavía no tenía ni idea de a quién iba a encarar. Igual no me hacía demasiado problema al respecto, sabía que una vez que saliera a la calle algo habría de surgir. Estaba tan caliente que le diría que sí al primero que me propusiera algo indecente, por más adefesio que fuera.
Así que le dije a mi Mamá que iba a dar una vuelta, y ya afuera empecé a caminar sin ningún rumbo determinado, tan solo me deje llevar. Crucé el camino de cintura y empecé a caminar en sentido contrario a la rotonda. Algunos tipos que me cruzaba en el camino me decían cosas, pero ninguno me proponía lo que realmente estaba buscando. Y lo peor de todo era que lo que me decían me ponía mucho más caliente todavía.
Fue así que llegué, sin darme cuenta, a la casa del “Cholo”. Hacia tiempo que no me acordaba de él. Para que se hagan una idea el Cholo es una especie de leyenda en nuestro barrio, un sujeto que siempre vivió al margen de la ley, que entraba y salía de la cárcel como si se tratara de su casa. Se rumoreaba que tenía conexiones con altos jefes de la policía de la provincia, razón por la cuál siempre lograba zafar. Vivía delinquiendo, y no lo ocultaba, ya que todos sabían que se trataba de un chorro, de un sujeto temible de quién había que cuidarse. Era peligroso, intimidante, y su cuerpo así lo evidenciaba con múltiples marcas y cicatrices que le otorgaban un aspecto mucho más amenazador aún. Era como para tenerle miedo, del tipo de sujeto que si te lo cruzas en la calle mas vale que te cambies de vereda. Sin embargo…
En cierta ocasión había tenido un problema con mis hermanos por el robo de un ciclomotor, ellos estaba seguros de que había sido él quién se lo había llevado de la puerta del negocio de mi hermano mayor, pero el sospechoso rechazaba toda acusación al respecto. En síntesis terminaron a las piñas. Fueron a parar todos a la comisaría, mis hermanos salieron enseguida ya que se trataba de dos personas de conducta intachable, en cambio él, debido a sus antecedentes, pasó el fin de semana en una celda hasta que sus contactos se enteraron y pudieron sacarlo. Entonces juro que se vengaría, aunque la venganza nunca llegó y la enemistad entre ellos pareció quedar sepultada en el pasado.
Ya estaba dejando atrás su casa, en realidad una prefabricada que se había levantado en un terreno usurpado, cuándo escucho un vozarrón a mis espaldas.
-¡Pero miren quién decidió volver al barrio!-
Me paré en secó, me di la vuelta y lo saludé con un tibio hola.
-¿Te acordás de mí?- me pregunto entonces, mirándome de arriba abajo con unos ojos que en cualquier momento parecían estar a punto de salírsele de la cara.
Yo era bastante chica cuándo pasó todo ese problema con mis hermanos, pero claro que me acordaba.
-Si, sos el Cholo- asentí.
-Exacto, vos sos Marielita, ¿no?, la hermana de los…….- quiso corroborar.
-Exacto- repetí –Aunque ya no soy tan Marielita- añadí refiriéndome obviamente a las formas de mi cuerpo.
Eso le encantó.
-Ya lo veo- coincidió abriendo bien los ojos y echándome una de esas miradas que lanzaban fuego.
Yo me mantuve ahí, quieta, esperando ansiosamente cualquier cosa que fuera a suceder.
-¿Y que haces por acá? ¿Acaso estás perdida?- me pregunto.
-No, solo salí a dar una vuelta a ver si encontraba algo interesante para hacer- le dije, mirándolo de la misma forma.
-¿Y, lo encontraste?- quiso saber.
-Puede ser- expresé refiriéndome obviamente al encuentro que acabábamos de tener.
-Y decime, ¿puedo invitarte una cerveza?- me pregunto ya dispuesto a no dejarme escapar.
-Sería muy atento de tu parte- le dije acercándome a la puerta de su casa.
Entonces me hizo un gesto para que entrara. Hice como que dudaba.
-¿Qué, acaso tenes miedo?- inquirió.
-Todos dicen que hay que tenértelo- le hice notar.
Se rió ante mi sinceridad.
-No te voy a morder, te lo prometo, a menos que vos me lo pidas, claro- aclaro más que oportunamente.
Yo también me reí y ya sin titubeo alguno entré a su casa, sintiéndome como Caperucita Roja entrando en la cueva del lobo feroz. Ya adentro sacó una cerveza bien fría de la heladera y llenó dos vasos, alcanzándome uno a mí. Brindamos y entonces dijo:
-Va a ser un gusto usarte para vengarme de tus hermanos-
-¿Si?, podes empezar cuándo quieras entonces- me sonreí, dándole vía libre para que se tomara revancha en la forma que más le apeteciera.
Dejó el vaso sobre la mesa y acercándose a mí empezó a desabrocharse el pantalón. Yo estaba sentada, por lo que cuándo peló su bien provista verga ésta surgió pletórica e inmensa ante mis ojos. La tenía grande el Cholo, de un tamaño que intimidaba al igual que su persona, y eso que todavía no estaba en su punto de máxima erección, oscura, renegrida, con las venas bien marcadas deslizándose a lo largo y a lo ancho de todo su consistente contorno, la cabeza estaba hinchada y enrojecida, reluciente debido a unas profusas gotitas que le salían del orificio de la punta.
-¡Chupámela!- me dijo, o mejor dicho me ordenó.
Ni siquiera tuvo que insistirme al respecto. Se la agarré con una mano, se la froté un poquito y empecé por lamérsela desde abajo, subiendo despacio, dejándome quemar la palma de la lengua con el fuego de su virilidad. Subía y bajaba con la lengua, lamiendo todo a mi paso, hasta que me agarró de los pelos y levantándome la cabeza para que lo mirara, me dijo:
-¡Te dije que me la chuparas!- me hizo abrir la boca y de un solo empujón me la mandó hasta más allá de las amígdalas, ahogándome con su tremendo volumen, el cuál se ponía cada vez más duro, caliente e hinchado.
Obligada por las circunstancias me puse a chupársela con todo mi entusiasmo, pero era tan grande que en un momento me sentí sofocada, tuve que sacármela de la boca y escupir algo de saliva y de los fluidos que derramaba su verga para poder respirar. Me observé en un espejo que había en la pared, estaba con los ojos llorosos y las mejillas enrojecidas, pero eso no me importaba, así que tomé aire, y me la volví a comer, ofrendándole a tan eminente vergazo la mamada que se merecía. De a ratos me la sacaba de la boca y le escupía encima, esparciendo con los dedos lo que escupía por todo su contorno, y me la volvía a meter en la boca, devorando golosamente cada pedazo, cada trozo de esa verga que según las malas lenguas era la más peligrosa de todo San Justo.
Mientras se la chupaba, el Cholo se sacó la remera, exhibiendo en plenitud las cicatrices de su cuerpo y algunos tatuajes con tinta de birome que se había hecho en sus reiteradas entradas a prisión. Sin dejar de mamar ese suculento porongazo que parecía deshacerse en mi paladar, estiré mis manos hacia su pecho y acaricié esas marcas que delataban el constante riesgo en que vivía, eso me excitaba, saber que estaba peteando a un malviviente, a un delincuente, a un hampón, a alguien que vive al margen de la ley, y el pete era solo el comienzo.
Coincidiendo plenamente conmigo, me la sacó de la boca, me ayudo a levantarme y metiendo una mano por el costado del shortcito que tenía puesto, insertó sus dedos en mi conchita, iniciando unos movimientos por demás enloquecedores. Entonces sacaba los dedos, se los chupaba, degustando mi espesa intimidad y me los volvía a meter, más adentro cada vez, masturbándome en una forma frenética mientras que yo hacía lo mismo con su caliente verga, sacudiéndosela fuertemente, mojándome los dedos con su esencia viril.
Prácticamente a la rastra me llevó a su pieza y me tumbó boca abajo sobre la cama. Me agarró de la cintura con ambas manos y me levantó de forma tal que quedara con la cola bien empinada hacia arriba, me dio unos cuántos sopapos en las nalgas y me desabrochó el short, deslizándolo junto con mi tanga casi hasta los tobillos, desnudando por completo mis atributos posteriores. Yo estaba con la cara enterrada en el colchón, de modo que no podía ver nada, aunque si podía sentir, y lo que sentí, tras otra fuerte nalgada que resonó estruendosamente entre las paredes de aquella sombría habitación, fue la hinchada cabeza de su verga apoyándose entre mis labios íntimos. Me la dejó un instante ahí, dejando que se humedeciera con mis espesos fluidos, y entonces sí, me la metió de un solo envión, estremeciendo hasta la última fibra de mi cuerpo con ese profundo ensarte con el que me abrió de par en par, la tenía tan grande el Cholo que se me hinchaba el vientre cada vez que me la mandaba hasta lo más hondo, llenándome toda con su carne rebosante de virilidad, tan caliente y deliciosa, tan potente, fortificada, excedida de vigor.
-Nunca imaginé que fueras tan puta… y así te voy a coger… como la puta que sos…- me decía penetrándome sin piedad alguna, entrando y saliendo en toda su venerable extensión, sacándole chispas a mis gajos con cada embestida.
¿Qué puedo decir?, lloraba del placer que me estaba suministrando. Parecía como si recién hubiera salido de la cárcel después de una larga condena y quisiera desquitarse conmigo toda esa prolongada abstinencia. Yo me abría toda y más también, deseosa de sentir esa verga colapsando mi intimidad, gozando salvajemente cada embiste, cada combazo con el que me glorificaba. Era morboso, siniestro, sombrío, pero me encantaba. Me mojaba sin parar de solo sentir esa fabulosa verga machacando en las partes más íntimas de mi anatomía.
Tras una buena movida, me la sacó de adentro y se echó de espalda en la cama, indicándome que me sentara encima de él. Me levanté como pude, sintiendo unos dolorosos pinchazos en esa parte en donde me había penetrado tan brutalmente, pero así y todo estaba dispuesta a seguir adelante.
Me le subí encima acomodándome como para que esa imponente verga me volviera a llenar en la forma adecuada. Al tenerla toda adentro, eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido desgarrador, desde abajo el Cholo me apretó las tetas con sus manos de gorila y empezó a moverse, empujando cada vez más fuerte, sacudiéndome, estremeciéndome, haciéndome delirar de un placer cada vez más intenso y glorificante. Tras ese primer impacto yo también empecé a moverme, con más entusiasmo cada vez, deshaciéndome en polvos, gozando a más no poder de ese garche que me transportaba hacia Universos que están más allá de la comprensión natural.
Gemía, jadeaba, suspiraba, gritaba, todo junto, y todo más intensamente cada vez, dejándome garchar en esa forma tan brutal aunque terriblemente deliciosa. Mi conchita se empalagaba con esa verga, devorándola en toda su colosal extensión, disfrutando cada pedazo.
-¡Chupámela de nuevo!- me pidió tras una larga y agitada cabalgata, así que me bajé, me acomodé a un costado de su cuerpo y se la volví a mamar, saboreando en su superficie no solo su propio sabor sino también el mío.
Sintiéndola todavía bien endurecida, me le subí encima de nuevo, pero esta vez de espalda, clavándomela de una, haciendo que fluyera de una sola sentada hasta lo más profundo de mi caliente intimidad, y ahí, ya muy bien clavada, empecé a subir y bajar, moviéndome furiosamente, agitándome con todas mis ansías, y mientras yo me movía a mi propio ritmo, tan entusiasta y desesperada, con sus dedos él me acariciaba el clítoris, me lo apretaba y pellizcaba, hasta que acabe estrepitosamente. Grité y me sacudí en violentos espasmos a la vez que un chorro de flujo salía disparado de mi conchita como una manguera recién abierta. Fue la acabada del siglo. Uno, dos, hasta tres chorros fluyeron violentamente, salpicando las sábanas y nuestros cuerpos con su pegajosidad, pero él estaba dispuesto a seguir, yo ya no podía moverme, tenía las piernas entumecidas, por lo que deje que hiciera con mi cuerpo lo que quisiera. Así que me echó hacia un costado y desde atrás siguió dándome como si no tuviera fondo, solo que esta vez en lugar de enterrármela por la concha, me tenía bien enculada, perforándome tan profundamente que parecía querer sacarme petróleo. Y ahora sí, tras unos cuántos ensartes, igual de violentos e impulsivos que todos los demás, acabó tan caudalosamente que por un momento creí que iba a ahogarme con su esperma. Me acabó en el culo, regándome los intestinos con su esencia íntima. Fue un polvo… ¿cómo decirlo?..., cruel, violento, sanguinario, acorde a la reputación de quien me lo suministraba.
Aunque quería no podía levantarme de la cama, me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran molido a palos, si bien la realidad era que me habían molido, sí, pero a pijazos. Tardé un buen rato en recuperarme, entonces fui rengueando al baño y me di una ducha para tratar de restaurar de alguna manera el brutal castigo al que me había sometido aquel indeseable sujeto. Cuándo salí él estaba profundamente dormido, así que me vestí y salí de su casa tan adolorida que apenas podía caminar, pero aún así pude llegar a la casa de mis padres.
El cholo había cumplido con su venganza, y mi cuerpo era testigo.
Llegamos a la casa de mis viejos, nos instalamos, almorzamos y a la hora de la siesta ya estuve preparada para lo que fuera. Mi marido se iba a jugar un partido de truco con mis hermanos, por lo que la situación resultaba inmejorable, aunque todavía no tenía ni idea de a quién iba a encarar. Igual no me hacía demasiado problema al respecto, sabía que una vez que saliera a la calle algo habría de surgir. Estaba tan caliente que le diría que sí al primero que me propusiera algo indecente, por más adefesio que fuera.
Así que le dije a mi Mamá que iba a dar una vuelta, y ya afuera empecé a caminar sin ningún rumbo determinado, tan solo me deje llevar. Crucé el camino de cintura y empecé a caminar en sentido contrario a la rotonda. Algunos tipos que me cruzaba en el camino me decían cosas, pero ninguno me proponía lo que realmente estaba buscando. Y lo peor de todo era que lo que me decían me ponía mucho más caliente todavía.
Fue así que llegué, sin darme cuenta, a la casa del “Cholo”. Hacia tiempo que no me acordaba de él. Para que se hagan una idea el Cholo es una especie de leyenda en nuestro barrio, un sujeto que siempre vivió al margen de la ley, que entraba y salía de la cárcel como si se tratara de su casa. Se rumoreaba que tenía conexiones con altos jefes de la policía de la provincia, razón por la cuál siempre lograba zafar. Vivía delinquiendo, y no lo ocultaba, ya que todos sabían que se trataba de un chorro, de un sujeto temible de quién había que cuidarse. Era peligroso, intimidante, y su cuerpo así lo evidenciaba con múltiples marcas y cicatrices que le otorgaban un aspecto mucho más amenazador aún. Era como para tenerle miedo, del tipo de sujeto que si te lo cruzas en la calle mas vale que te cambies de vereda. Sin embargo…
En cierta ocasión había tenido un problema con mis hermanos por el robo de un ciclomotor, ellos estaba seguros de que había sido él quién se lo había llevado de la puerta del negocio de mi hermano mayor, pero el sospechoso rechazaba toda acusación al respecto. En síntesis terminaron a las piñas. Fueron a parar todos a la comisaría, mis hermanos salieron enseguida ya que se trataba de dos personas de conducta intachable, en cambio él, debido a sus antecedentes, pasó el fin de semana en una celda hasta que sus contactos se enteraron y pudieron sacarlo. Entonces juro que se vengaría, aunque la venganza nunca llegó y la enemistad entre ellos pareció quedar sepultada en el pasado.
Ya estaba dejando atrás su casa, en realidad una prefabricada que se había levantado en un terreno usurpado, cuándo escucho un vozarrón a mis espaldas.
-¡Pero miren quién decidió volver al barrio!-
Me paré en secó, me di la vuelta y lo saludé con un tibio hola.
-¿Te acordás de mí?- me pregunto entonces, mirándome de arriba abajo con unos ojos que en cualquier momento parecían estar a punto de salírsele de la cara.
Yo era bastante chica cuándo pasó todo ese problema con mis hermanos, pero claro que me acordaba.
-Si, sos el Cholo- asentí.
-Exacto, vos sos Marielita, ¿no?, la hermana de los…….- quiso corroborar.
-Exacto- repetí –Aunque ya no soy tan Marielita- añadí refiriéndome obviamente a las formas de mi cuerpo.
Eso le encantó.
-Ya lo veo- coincidió abriendo bien los ojos y echándome una de esas miradas que lanzaban fuego.
Yo me mantuve ahí, quieta, esperando ansiosamente cualquier cosa que fuera a suceder.
-¿Y que haces por acá? ¿Acaso estás perdida?- me pregunto.
-No, solo salí a dar una vuelta a ver si encontraba algo interesante para hacer- le dije, mirándolo de la misma forma.
-¿Y, lo encontraste?- quiso saber.
-Puede ser- expresé refiriéndome obviamente al encuentro que acabábamos de tener.
-Y decime, ¿puedo invitarte una cerveza?- me pregunto ya dispuesto a no dejarme escapar.
-Sería muy atento de tu parte- le dije acercándome a la puerta de su casa.
Entonces me hizo un gesto para que entrara. Hice como que dudaba.
-¿Qué, acaso tenes miedo?- inquirió.
-Todos dicen que hay que tenértelo- le hice notar.
Se rió ante mi sinceridad.
-No te voy a morder, te lo prometo, a menos que vos me lo pidas, claro- aclaro más que oportunamente.
Yo también me reí y ya sin titubeo alguno entré a su casa, sintiéndome como Caperucita Roja entrando en la cueva del lobo feroz. Ya adentro sacó una cerveza bien fría de la heladera y llenó dos vasos, alcanzándome uno a mí. Brindamos y entonces dijo:
-Va a ser un gusto usarte para vengarme de tus hermanos-
-¿Si?, podes empezar cuándo quieras entonces- me sonreí, dándole vía libre para que se tomara revancha en la forma que más le apeteciera.
Dejó el vaso sobre la mesa y acercándose a mí empezó a desabrocharse el pantalón. Yo estaba sentada, por lo que cuándo peló su bien provista verga ésta surgió pletórica e inmensa ante mis ojos. La tenía grande el Cholo, de un tamaño que intimidaba al igual que su persona, y eso que todavía no estaba en su punto de máxima erección, oscura, renegrida, con las venas bien marcadas deslizándose a lo largo y a lo ancho de todo su consistente contorno, la cabeza estaba hinchada y enrojecida, reluciente debido a unas profusas gotitas que le salían del orificio de la punta.
-¡Chupámela!- me dijo, o mejor dicho me ordenó.
Ni siquiera tuvo que insistirme al respecto. Se la agarré con una mano, se la froté un poquito y empecé por lamérsela desde abajo, subiendo despacio, dejándome quemar la palma de la lengua con el fuego de su virilidad. Subía y bajaba con la lengua, lamiendo todo a mi paso, hasta que me agarró de los pelos y levantándome la cabeza para que lo mirara, me dijo:
-¡Te dije que me la chuparas!- me hizo abrir la boca y de un solo empujón me la mandó hasta más allá de las amígdalas, ahogándome con su tremendo volumen, el cuál se ponía cada vez más duro, caliente e hinchado.
Obligada por las circunstancias me puse a chupársela con todo mi entusiasmo, pero era tan grande que en un momento me sentí sofocada, tuve que sacármela de la boca y escupir algo de saliva y de los fluidos que derramaba su verga para poder respirar. Me observé en un espejo que había en la pared, estaba con los ojos llorosos y las mejillas enrojecidas, pero eso no me importaba, así que tomé aire, y me la volví a comer, ofrendándole a tan eminente vergazo la mamada que se merecía. De a ratos me la sacaba de la boca y le escupía encima, esparciendo con los dedos lo que escupía por todo su contorno, y me la volvía a meter en la boca, devorando golosamente cada pedazo, cada trozo de esa verga que según las malas lenguas era la más peligrosa de todo San Justo.
Mientras se la chupaba, el Cholo se sacó la remera, exhibiendo en plenitud las cicatrices de su cuerpo y algunos tatuajes con tinta de birome que se había hecho en sus reiteradas entradas a prisión. Sin dejar de mamar ese suculento porongazo que parecía deshacerse en mi paladar, estiré mis manos hacia su pecho y acaricié esas marcas que delataban el constante riesgo en que vivía, eso me excitaba, saber que estaba peteando a un malviviente, a un delincuente, a un hampón, a alguien que vive al margen de la ley, y el pete era solo el comienzo.
Coincidiendo plenamente conmigo, me la sacó de la boca, me ayudo a levantarme y metiendo una mano por el costado del shortcito que tenía puesto, insertó sus dedos en mi conchita, iniciando unos movimientos por demás enloquecedores. Entonces sacaba los dedos, se los chupaba, degustando mi espesa intimidad y me los volvía a meter, más adentro cada vez, masturbándome en una forma frenética mientras que yo hacía lo mismo con su caliente verga, sacudiéndosela fuertemente, mojándome los dedos con su esencia viril.
Prácticamente a la rastra me llevó a su pieza y me tumbó boca abajo sobre la cama. Me agarró de la cintura con ambas manos y me levantó de forma tal que quedara con la cola bien empinada hacia arriba, me dio unos cuántos sopapos en las nalgas y me desabrochó el short, deslizándolo junto con mi tanga casi hasta los tobillos, desnudando por completo mis atributos posteriores. Yo estaba con la cara enterrada en el colchón, de modo que no podía ver nada, aunque si podía sentir, y lo que sentí, tras otra fuerte nalgada que resonó estruendosamente entre las paredes de aquella sombría habitación, fue la hinchada cabeza de su verga apoyándose entre mis labios íntimos. Me la dejó un instante ahí, dejando que se humedeciera con mis espesos fluidos, y entonces sí, me la metió de un solo envión, estremeciendo hasta la última fibra de mi cuerpo con ese profundo ensarte con el que me abrió de par en par, la tenía tan grande el Cholo que se me hinchaba el vientre cada vez que me la mandaba hasta lo más hondo, llenándome toda con su carne rebosante de virilidad, tan caliente y deliciosa, tan potente, fortificada, excedida de vigor.
-Nunca imaginé que fueras tan puta… y así te voy a coger… como la puta que sos…- me decía penetrándome sin piedad alguna, entrando y saliendo en toda su venerable extensión, sacándole chispas a mis gajos con cada embestida.
¿Qué puedo decir?, lloraba del placer que me estaba suministrando. Parecía como si recién hubiera salido de la cárcel después de una larga condena y quisiera desquitarse conmigo toda esa prolongada abstinencia. Yo me abría toda y más también, deseosa de sentir esa verga colapsando mi intimidad, gozando salvajemente cada embiste, cada combazo con el que me glorificaba. Era morboso, siniestro, sombrío, pero me encantaba. Me mojaba sin parar de solo sentir esa fabulosa verga machacando en las partes más íntimas de mi anatomía.
Tras una buena movida, me la sacó de adentro y se echó de espalda en la cama, indicándome que me sentara encima de él. Me levanté como pude, sintiendo unos dolorosos pinchazos en esa parte en donde me había penetrado tan brutalmente, pero así y todo estaba dispuesta a seguir adelante.
Me le subí encima acomodándome como para que esa imponente verga me volviera a llenar en la forma adecuada. Al tenerla toda adentro, eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido desgarrador, desde abajo el Cholo me apretó las tetas con sus manos de gorila y empezó a moverse, empujando cada vez más fuerte, sacudiéndome, estremeciéndome, haciéndome delirar de un placer cada vez más intenso y glorificante. Tras ese primer impacto yo también empecé a moverme, con más entusiasmo cada vez, deshaciéndome en polvos, gozando a más no poder de ese garche que me transportaba hacia Universos que están más allá de la comprensión natural.
Gemía, jadeaba, suspiraba, gritaba, todo junto, y todo más intensamente cada vez, dejándome garchar en esa forma tan brutal aunque terriblemente deliciosa. Mi conchita se empalagaba con esa verga, devorándola en toda su colosal extensión, disfrutando cada pedazo.
-¡Chupámela de nuevo!- me pidió tras una larga y agitada cabalgata, así que me bajé, me acomodé a un costado de su cuerpo y se la volví a mamar, saboreando en su superficie no solo su propio sabor sino también el mío.
Sintiéndola todavía bien endurecida, me le subí encima de nuevo, pero esta vez de espalda, clavándomela de una, haciendo que fluyera de una sola sentada hasta lo más profundo de mi caliente intimidad, y ahí, ya muy bien clavada, empecé a subir y bajar, moviéndome furiosamente, agitándome con todas mis ansías, y mientras yo me movía a mi propio ritmo, tan entusiasta y desesperada, con sus dedos él me acariciaba el clítoris, me lo apretaba y pellizcaba, hasta que acabe estrepitosamente. Grité y me sacudí en violentos espasmos a la vez que un chorro de flujo salía disparado de mi conchita como una manguera recién abierta. Fue la acabada del siglo. Uno, dos, hasta tres chorros fluyeron violentamente, salpicando las sábanas y nuestros cuerpos con su pegajosidad, pero él estaba dispuesto a seguir, yo ya no podía moverme, tenía las piernas entumecidas, por lo que deje que hiciera con mi cuerpo lo que quisiera. Así que me echó hacia un costado y desde atrás siguió dándome como si no tuviera fondo, solo que esta vez en lugar de enterrármela por la concha, me tenía bien enculada, perforándome tan profundamente que parecía querer sacarme petróleo. Y ahora sí, tras unos cuántos ensartes, igual de violentos e impulsivos que todos los demás, acabó tan caudalosamente que por un momento creí que iba a ahogarme con su esperma. Me acabó en el culo, regándome los intestinos con su esencia íntima. Fue un polvo… ¿cómo decirlo?..., cruel, violento, sanguinario, acorde a la reputación de quien me lo suministraba.
Aunque quería no podía levantarme de la cama, me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran molido a palos, si bien la realidad era que me habían molido, sí, pero a pijazos. Tardé un buen rato en recuperarme, entonces fui rengueando al baño y me di una ducha para tratar de restaurar de alguna manera el brutal castigo al que me había sometido aquel indeseable sujeto. Cuándo salí él estaba profundamente dormido, así que me vestí y salí de su casa tan adolorida que apenas podía caminar, pero aún así pude llegar a la casa de mis padres.
El cholo había cumplido con su venganza, y mi cuerpo era testigo.
domingo 18 de octubre de 2009
Son las once de la noche del domingo, día de la madre. Recién llegamos con mi marido de pasarlo con mis viejos en San Justo. Mientras él se da una ducha le digo que voy a revisar el correo, pero en realidad aprovecho para entrar al blog y leer los comentarios que van dejando. Gracias por tomarse el tiempo no solo para leer los relatos sino también para dejar sus opiniones respecto a los mismos, les aseguro sus palabras son muy importantes para mí, ya que leo y evalúo constantemente lo que me escriben, no solo por el placer que me produce saber que soy capaz de instigar las más diversas emociones tan solo con la descripción de mis experiencias sexuales, sino porque estoy a la búsqueda de alguna respuesta para lo que me esta pasando y quizás en ustedes pueda encontrarla. Lo que me pasa es simple, soy una mujer casada, con un proyecto de familia en puerta, tengo buen sexo con mi marido, nunca quedo insatisfecha cuándo hacemos el amor, y sin embargo siempre quiero más… pero no de él. No sé, quizás sea el placer morboso que me produce la infidelidad, el darme cuenta que estoy con otro cuándo la alianza de oro en mi anular izquierdo indica que juré fidelidad eterna al hombre que amo, porque sí, amo con locura a mi esposo y no concibo la vida sin él, como tampoco la concibo sin todos los demás, aunque a veces… Nunca lo dije, pero en ocasiones, cuándo estoy con alguien, cogiendo a todo trapo, de repente me dan ganas de salir corriendo, correr, correr, y correr sin mirar hacia atrás, pero enseguida esa putita insaciable que habita en mí vuelve a tomar posesión de todos mis sentidos y ya no hay vuelta atrás, y lo que en algún momento fue un atisbo de racionalidad desaparece por completo, se extingue en pos de esa lujuria infinita que me conduce hacia terrenos cada vez más arriesgados. Como lo que me pasó esta tarde. No quise estar ahí, pero estuve. No quise hacerlo, pero lo hice. No quise disfrutarlo, pero lo disfrute. Así es esta dicotomía en la que estoy envuelta y de la que no puedo (¿o no quiero?) escapar. En cuánto tenga listo el relato, con lujo de detalles, como a ustedes les gusta, voy a publicarlo para que me digan lo que piensan.
Mi marido ya salió del baño, así que me voy despidiendo. Buenas noches para todos y un besito en donde más les guste.
Mi marido ya salió del baño, así que me voy despidiendo. Buenas noches para todos y un besito en donde más les guste.
miércoles 14 de octubre de 2009
NI SIQUIERA SUPE SU NOMBRE
-¿Te gusta?- me pregunta el tipo entre roncos jadeos mientras me la manda a guardar por el culo.
-¡Mmmmhhhhhhh… siiiiiiiiiii… me gusta… ahhhhhhhhhhhh… dámela toda…!- le respondo yo, excitada a más no poder, sintiendo como mi culo se abre como un pimpollo en primavera para recibir toda esa barra de carne que avanza por mi interior con una fuerza imparable, incontenible.
Una vez más, como tantas otras, estoy en la habitación de un telo, soportando sobre mí el peso de un cuerpo desconocido, de alguien que hasta hace tan solo un rato antes ni siquiera formaba parte de mi mundo, pero ahora ahí estaba, poniéndomela por detrás, abriéndome el ojete de par en par, sometiéndome a un delicioso culeo que se hace más profundo cada vez.
Como siempre salí del trabajo y en vez de ir a la facultad me fui a dar una vuelta por ahí, tenía muchas cosas en que pensar, eso que ustedes saben y que ya expuse en mi entrada anterior, aunque en ese momento lo que necesitaba era distraer mi mente, alejarla de esas preocupaciones que últimamente me tenían alejada de esas prácticas que me resultan tan placenteras y satisfactorias. Ya hacía unos cuántos días que no me sentía feliz, y estaba más que claro el motivo. Por eso mismo volví a emprender uno de esos típicos paseos cuya única razón de ser es terminar encamada con quién pueda darme aquello que me resulta tan necesario e indispensable en tales circunstancias. Por eso cuándo doy esos paseos nunca me propongo seguir un camino previamente fijado, solo me dejo llevar, empiezo a caminar y no me detengo sino hasta conseguir aquello que busco tan ansiosamente.
Un tipo cualquiera, de esos que siempre están a la expectativa, igual que yo, me ve pasar y empieza a seguirme, diciéndome cosas que a una mujer en celo perpetuo le gusta mucho escuchar. En determinado momento me freno en seco, me doy la vuelta y le digo:
-¿En serio vas a hacerme todas esas cosas que me decís?-
El tipo se sorprende ante mi requerimiento, después de todo imagino que la mayoría de las que acosa de esa forma lo deben ignorar olímpicamente, pero yo no soy como las otras, yo soy distinta, me gusta escuchar esas frases obscenas que tan solo con unas pocas palabras dibujan en mi mente escenas por demás intensas y deliciosas.
-Dame una sola oportunidad hermosa, y te aseguro que vas a quedar completamente satisfecha- me dice con ese gesto de baboso que en vez de repeler me atrae aún más, casi irresistiblemente.
-¿Acaso te parece que estoy insatisfecha?- le pregunto mientras sigo caminando, despacio, con él siguiéndome de cerca, a unos pocos pasos.
-Claro que no, se te ve muy bien atendida, pero eso no significa que no quieras una atención extra- me dice –Un copetín al paso-
Me reí con su comentario. No se trataba de un sujeto precisamente atractivo, pero por lo menos se notaba que estaba con ganas de partirme al medio, y eso siempre predomina por sobre cualquier preferencia física.
-¿Vamos a un telo, entonces?- le digo, resultando más fácil de lo que se hubiera imaginado.
Los ojos se le abren como platos, sorprendido ante mi buena predisposición.
-Dale, vamos- me dice, dispuesto a no dejarme escapar.
Me agarra del brazo y me conduce a un albergue transitorio que esta a unos pocos metros. Entramos, como buen caballero paga la habitación, y hacia ella vamos. Ya una vez adentro, se me queda mirando como no pudiendo creer todavía que le haya resultado tan fácil levantarme. Sin demasiado preámbulo, empiezo a desvestirme, él hace lo mismo, sin dejar de mirarme, alabando y admirando cada una de mis voluptuosas curvas. Ya desnuda, me le acercó, y con las manos en la cintura le digo desafiante:
-Me prometiste muchas cosas en la calle, espero que cumplas por lo menos con la mitad-
-Voy a cumplir con todas preciosa, como te dije, vas a quedar completamente satisfecha- me aseguro.
Entonces me tumbó de espalda en la cama, me separó las piernas, y metiéndose entre ellas, la emprendió contra mi concha, pasándome primero la lengua por sobre los labios, degustando ávidamente ese juguito que fluía espesamente desde mi más profundo interior. Yo me abría toda para ese extraño, para ese sujeto que ni siquiera sabía como se llamaba, lo agarraba de la cabeza con mis manos y lo atraía aún más hacia mí, ansiando sentir su boca explorando mis profundidades más recónditas.
Con la punta de la lengua me tocaba en el sitio exacto, ahí en donde las sensaciones más intensas se multiplican por millones, extendiéndose hacia cada rincón de mi cuerpo. Con los labios aprisionaba mi clítoris, ya hinchado y endurecido, lo chupaba, lo mordía, le daba algunas lamidas, para luego meterme los dedos y ponerme en un estado ya desesperante.
-¡Cogeme…!- le pedía con la voz quebrada por la excitación -¡Cogeme…!- le repetía, ansiosa por sentirlo cuánto antes dentro de mí.
Por supuesto que iba a complacerme, para eso estábamos allí, pero antes debía atenderlo de la misma manera que me había atendido él a mí. Con la boca.
Se levantó, se puso justo al lado de mi cabeza y enfiló la pija hacia mis labios. Ni bien la tuve al alcance, me la comí y me puse a chupársela con frenesí, mientras él bombeaba como si estuviera cogiéndome por la boca.
No tenía una verga demasiado prominente, llegaba a los quince centímetros, un poco más quizás, pero estaba dura como el acero.
Tras una rica chupada, se echó encima de mí, me la acomodó justo en la entrada y de un solo empujón me la metió. Ah, antes se puso un preservativo, claro, y ahí si, empezó a cogerme con un ritmo demoledor, entrando y saliendo en toda su consistente extensión. Sin sacármela se arrodilló en la cama, calzó mis piernas sobre sus hombros y redobló el ritmo de sus penetraciones.
Yo jadeaba y me estremecía toda, entregándome por completo a tan complaciente bombeo. Aunque recién empezábamos, el tipo estaba cumpliendo con su promesa de dejarme completamente satisfecha.
Tras un rato dándome sin tregua me la sacó, aproveché la pausa para sacarle el forro y volver a chupársela, aunque esta vez con mi propio ritmo, y manejándola con mis manos. Le di un último beso en las bolas y me puse en cuatro, la cola bien levantada, ansiosa y dispuesta, se puso otro preservativo, se acomodó tras de mí y me la mandó a guardar de un solo y preciso envión, cogiéndome fuertemente, hasta que me la volvió a sacar y me la mandó por el otro agujero. No le dije nada, solo me deje hacer. Me puso un poco de gel lubricante, y apoyando el glande entre las puertas de mi ano, empezó a empujar, metiéndose de a poco dentro de mi tunelcito posterior. Fue ahí que me hizo la pregunta con la que comencé el relato:
-¿Te gusta?-
Lo que siguió después fue un torbellino de metidas y sacadas, un encule glorioso que me dejó la cola partida al medio. Esa era una de las cosas que me había dicho en la calle.
-Tenes una colita hermosa, esta como para hacértela-
Y me la estaba haciendo, o deshaciendo mejor dicho, porque con cada embestida sentía que mis vísceras se iban con él. Entraba y salía en toda su extensión, haciendo rebotar su pelvis contra mis nalgas cada vez más empinadas, con una mano bien metida entre mis piernas me tocaba yo misma en esa zona tan candente de mi cuerpo mientras él seguía perforándome el culo a repetición, abriéndomelo cada vez más, dejándome un agujero que de seguro tardaría varios días en volver a cerrarse. Me sentía aniquilada, aprisionada ahí como estaba entre sus piernas, recibiendo aquel persistente machaque que me proporcionaba dolor y placer por partes iguales, porque cuándo de sexo anal se trata, una cosa va con la otra. Si no duele no vale, y a mí me dolía, pero se trataba de ese dolor que solo el gozo más extremo puede proporcionar.
Me sentía a gusto con aquel hombre, con ese completo extraño que me culeaba tan gloriosamente, que sabía cuándo debía acelerar y cuándo parar para que mis esfínteres se adosaran a su cautivante volumen.
-¿Cómo te llamás hermosa?- me pregunto en una de esas pocas pausas que se tomaba solo para retomar con mucha más fuerza todavía.
-¡Ma… Mariela…!- alcancé a musitar, sintiendo que todo mi cuerpo hervía de excitación.
Sin embargo el no me dijo como se llamaba ni yo tampoco se lo pregunte, me excitaba la idea de que permaneciera en el anonimato, no saber el nombre de quién me estaba rompiendo el culo, alguien sin nombre, alguien como cualquiera, alguien que tuvo la suerte de que me cruzara por su camino, o considerando los deliciosos estragos que estaba provocando su poronga, yo había tenido la suerte de que él se cruzara en el mío.
Entraba y salía, entraba y salía, lo sentía más profundamente a cada instante, colmándome de extáticas delicias hasta que… me largué a llorar. No era que me doliera, lloraba por otra cosa, aunque él pensó que era porque no aguantaba semejante pedazo en mi colita.
-¿Qué pasa preciosa, te duele?- me pregunto tiernamente frenando de repente sus violentas acometidas.
-Si…pero… seguí… no parés… culeame… haceme la colita… rompeme toda papito- le decía yo entre mocos y babas, sin dejar de llorar.
No tenía sentido decirle porque lloraba en realidad, no lo entendería, solo era alguien con quién estaba pasando un buen rato, nada más que eso.
-¡Mamita, como me calienta que te duela y me pidas más!- dijo reiniciando entonces esos contundentes bombeos con los que parecía querer colarse dentro de mi cuerpo.
Y siguió culeándome, y yo seguí llorando, descargando de una buena vez toda esa bronca y frustración que me tenía a mal traer desde hacía varios días.
Le seguimos dando por un buen rato más, ahora yo encima suyo, sin poder contener las lágrimas todavía aunque cabalgándolo con frenesí, saltando sobre su cuerpo, meciéndome en torno a esa imponente herramienta que parecía no ceder nunca su prodigiosa erección. Mientras yo subía y bajaba, disfrutando cada centímetro, él me chupaba las tetas, me mordía y besaba los pezones, disfrutando de mi cuerpo con las licencias que yo misma le había suministrado.
Era en verdad sorprendente como aquel hombre común y corriente, sin ningún atractivo notable a la vista, pudiera convertirse en semejante máquina de garchar, no paraba, ni siquiera para tomarse un respiro, seguía y seguía, con un claro objetivo entre ceja y ceja, dejarme completamente satisfecha. Yo ya lo estaba debo decir, después de los polvos que me había echado no había manera de que no lo estuviera, pero él todavía estaba en la cima de sus posibilidades.
Me ponía de un lado y me la clavaba, me ponía del otro, y me la volvía a clavar, prodigándome un garche descontrolado, penetrándome en forma alternada e indiscriminada por uno y otro agujero, llenándome por ambos, proporcionándome la inigualable delicia de sentirme complacida por atrás y por adelante. Yo le seguía el tren, no podía hacer otra cosa, me abría y despatarraba toda ofreciéndome una y mil veces a esa suculenta poronga que parecía no decrecer nunca.
Ya hacia el final, me tendí sobre él, le saque el preservativo y coloque su verga entre mis pechos, apreté un teta contra la otra, con la verga entre medio y empecé a pajearlo con ellas, chupándole y besándole el glande cada vez que éste resurgía por entre mi voluptuosa carne. Esto pareció gustarle, por lo que fui acelerando de a poco, sintiéndolo cada vez más duro e hinchado hasta que un chorro de leche saltó sin contención alguna yendo a dar de lleno en mi cara, pero no fue el único, claro, ya que entre plácidos suspiros vinieron muchos más, un chorro tras otro, una lluvia torrencial, un diluvio de esperma que me empapó deliciosamente. El tipo deliraba de placer mientras su verga escupía semen en una forma incontrolable, empapándome con esa pegajosidad que me resulta tan agradable.
Al rato salimos del telo, y cada quién se fue por su lado. Me fui caminando despacio, porque después de que te rompen el culo te queda una sensación incómoda que persiste por un buen rato, hasta que el agujero que te abrieron vuelve a cerrarse y las heridas que te infringieron comienzan a cerrarse. Aquel desconocido me había roto bien el culo y ni siquiera supe su nombre. Aunque a veces es mejor así, no saber demasiado de ciertas cosas.
-¡Mmmmhhhhhhh… siiiiiiiiiii… me gusta… ahhhhhhhhhhhh… dámela toda…!- le respondo yo, excitada a más no poder, sintiendo como mi culo se abre como un pimpollo en primavera para recibir toda esa barra de carne que avanza por mi interior con una fuerza imparable, incontenible.
Una vez más, como tantas otras, estoy en la habitación de un telo, soportando sobre mí el peso de un cuerpo desconocido, de alguien que hasta hace tan solo un rato antes ni siquiera formaba parte de mi mundo, pero ahora ahí estaba, poniéndomela por detrás, abriéndome el ojete de par en par, sometiéndome a un delicioso culeo que se hace más profundo cada vez.
Como siempre salí del trabajo y en vez de ir a la facultad me fui a dar una vuelta por ahí, tenía muchas cosas en que pensar, eso que ustedes saben y que ya expuse en mi entrada anterior, aunque en ese momento lo que necesitaba era distraer mi mente, alejarla de esas preocupaciones que últimamente me tenían alejada de esas prácticas que me resultan tan placenteras y satisfactorias. Ya hacía unos cuántos días que no me sentía feliz, y estaba más que claro el motivo. Por eso mismo volví a emprender uno de esos típicos paseos cuya única razón de ser es terminar encamada con quién pueda darme aquello que me resulta tan necesario e indispensable en tales circunstancias. Por eso cuándo doy esos paseos nunca me propongo seguir un camino previamente fijado, solo me dejo llevar, empiezo a caminar y no me detengo sino hasta conseguir aquello que busco tan ansiosamente.
Un tipo cualquiera, de esos que siempre están a la expectativa, igual que yo, me ve pasar y empieza a seguirme, diciéndome cosas que a una mujer en celo perpetuo le gusta mucho escuchar. En determinado momento me freno en seco, me doy la vuelta y le digo:
-¿En serio vas a hacerme todas esas cosas que me decís?-
El tipo se sorprende ante mi requerimiento, después de todo imagino que la mayoría de las que acosa de esa forma lo deben ignorar olímpicamente, pero yo no soy como las otras, yo soy distinta, me gusta escuchar esas frases obscenas que tan solo con unas pocas palabras dibujan en mi mente escenas por demás intensas y deliciosas.
-Dame una sola oportunidad hermosa, y te aseguro que vas a quedar completamente satisfecha- me dice con ese gesto de baboso que en vez de repeler me atrae aún más, casi irresistiblemente.
-¿Acaso te parece que estoy insatisfecha?- le pregunto mientras sigo caminando, despacio, con él siguiéndome de cerca, a unos pocos pasos.
-Claro que no, se te ve muy bien atendida, pero eso no significa que no quieras una atención extra- me dice –Un copetín al paso-
Me reí con su comentario. No se trataba de un sujeto precisamente atractivo, pero por lo menos se notaba que estaba con ganas de partirme al medio, y eso siempre predomina por sobre cualquier preferencia física.
-¿Vamos a un telo, entonces?- le digo, resultando más fácil de lo que se hubiera imaginado.
Los ojos se le abren como platos, sorprendido ante mi buena predisposición.
-Dale, vamos- me dice, dispuesto a no dejarme escapar.
Me agarra del brazo y me conduce a un albergue transitorio que esta a unos pocos metros. Entramos, como buen caballero paga la habitación, y hacia ella vamos. Ya una vez adentro, se me queda mirando como no pudiendo creer todavía que le haya resultado tan fácil levantarme. Sin demasiado preámbulo, empiezo a desvestirme, él hace lo mismo, sin dejar de mirarme, alabando y admirando cada una de mis voluptuosas curvas. Ya desnuda, me le acercó, y con las manos en la cintura le digo desafiante:
-Me prometiste muchas cosas en la calle, espero que cumplas por lo menos con la mitad-
-Voy a cumplir con todas preciosa, como te dije, vas a quedar completamente satisfecha- me aseguro.
Entonces me tumbó de espalda en la cama, me separó las piernas, y metiéndose entre ellas, la emprendió contra mi concha, pasándome primero la lengua por sobre los labios, degustando ávidamente ese juguito que fluía espesamente desde mi más profundo interior. Yo me abría toda para ese extraño, para ese sujeto que ni siquiera sabía como se llamaba, lo agarraba de la cabeza con mis manos y lo atraía aún más hacia mí, ansiando sentir su boca explorando mis profundidades más recónditas.
Con la punta de la lengua me tocaba en el sitio exacto, ahí en donde las sensaciones más intensas se multiplican por millones, extendiéndose hacia cada rincón de mi cuerpo. Con los labios aprisionaba mi clítoris, ya hinchado y endurecido, lo chupaba, lo mordía, le daba algunas lamidas, para luego meterme los dedos y ponerme en un estado ya desesperante.
-¡Cogeme…!- le pedía con la voz quebrada por la excitación -¡Cogeme…!- le repetía, ansiosa por sentirlo cuánto antes dentro de mí.
Por supuesto que iba a complacerme, para eso estábamos allí, pero antes debía atenderlo de la misma manera que me había atendido él a mí. Con la boca.
Se levantó, se puso justo al lado de mi cabeza y enfiló la pija hacia mis labios. Ni bien la tuve al alcance, me la comí y me puse a chupársela con frenesí, mientras él bombeaba como si estuviera cogiéndome por la boca.
No tenía una verga demasiado prominente, llegaba a los quince centímetros, un poco más quizás, pero estaba dura como el acero.
Tras una rica chupada, se echó encima de mí, me la acomodó justo en la entrada y de un solo empujón me la metió. Ah, antes se puso un preservativo, claro, y ahí si, empezó a cogerme con un ritmo demoledor, entrando y saliendo en toda su consistente extensión. Sin sacármela se arrodilló en la cama, calzó mis piernas sobre sus hombros y redobló el ritmo de sus penetraciones.
Yo jadeaba y me estremecía toda, entregándome por completo a tan complaciente bombeo. Aunque recién empezábamos, el tipo estaba cumpliendo con su promesa de dejarme completamente satisfecha.
Tras un rato dándome sin tregua me la sacó, aproveché la pausa para sacarle el forro y volver a chupársela, aunque esta vez con mi propio ritmo, y manejándola con mis manos. Le di un último beso en las bolas y me puse en cuatro, la cola bien levantada, ansiosa y dispuesta, se puso otro preservativo, se acomodó tras de mí y me la mandó a guardar de un solo y preciso envión, cogiéndome fuertemente, hasta que me la volvió a sacar y me la mandó por el otro agujero. No le dije nada, solo me deje hacer. Me puso un poco de gel lubricante, y apoyando el glande entre las puertas de mi ano, empezó a empujar, metiéndose de a poco dentro de mi tunelcito posterior. Fue ahí que me hizo la pregunta con la que comencé el relato:
-¿Te gusta?-
Lo que siguió después fue un torbellino de metidas y sacadas, un encule glorioso que me dejó la cola partida al medio. Esa era una de las cosas que me había dicho en la calle.
-Tenes una colita hermosa, esta como para hacértela-
Y me la estaba haciendo, o deshaciendo mejor dicho, porque con cada embestida sentía que mis vísceras se iban con él. Entraba y salía en toda su extensión, haciendo rebotar su pelvis contra mis nalgas cada vez más empinadas, con una mano bien metida entre mis piernas me tocaba yo misma en esa zona tan candente de mi cuerpo mientras él seguía perforándome el culo a repetición, abriéndomelo cada vez más, dejándome un agujero que de seguro tardaría varios días en volver a cerrarse. Me sentía aniquilada, aprisionada ahí como estaba entre sus piernas, recibiendo aquel persistente machaque que me proporcionaba dolor y placer por partes iguales, porque cuándo de sexo anal se trata, una cosa va con la otra. Si no duele no vale, y a mí me dolía, pero se trataba de ese dolor que solo el gozo más extremo puede proporcionar.
Me sentía a gusto con aquel hombre, con ese completo extraño que me culeaba tan gloriosamente, que sabía cuándo debía acelerar y cuándo parar para que mis esfínteres se adosaran a su cautivante volumen.
-¿Cómo te llamás hermosa?- me pregunto en una de esas pocas pausas que se tomaba solo para retomar con mucha más fuerza todavía.
-¡Ma… Mariela…!- alcancé a musitar, sintiendo que todo mi cuerpo hervía de excitación.
Sin embargo el no me dijo como se llamaba ni yo tampoco se lo pregunte, me excitaba la idea de que permaneciera en el anonimato, no saber el nombre de quién me estaba rompiendo el culo, alguien sin nombre, alguien como cualquiera, alguien que tuvo la suerte de que me cruzara por su camino, o considerando los deliciosos estragos que estaba provocando su poronga, yo había tenido la suerte de que él se cruzara en el mío.
Entraba y salía, entraba y salía, lo sentía más profundamente a cada instante, colmándome de extáticas delicias hasta que… me largué a llorar. No era que me doliera, lloraba por otra cosa, aunque él pensó que era porque no aguantaba semejante pedazo en mi colita.
-¿Qué pasa preciosa, te duele?- me pregunto tiernamente frenando de repente sus violentas acometidas.
-Si…pero… seguí… no parés… culeame… haceme la colita… rompeme toda papito- le decía yo entre mocos y babas, sin dejar de llorar.
No tenía sentido decirle porque lloraba en realidad, no lo entendería, solo era alguien con quién estaba pasando un buen rato, nada más que eso.
-¡Mamita, como me calienta que te duela y me pidas más!- dijo reiniciando entonces esos contundentes bombeos con los que parecía querer colarse dentro de mi cuerpo.
Y siguió culeándome, y yo seguí llorando, descargando de una buena vez toda esa bronca y frustración que me tenía a mal traer desde hacía varios días.
Le seguimos dando por un buen rato más, ahora yo encima suyo, sin poder contener las lágrimas todavía aunque cabalgándolo con frenesí, saltando sobre su cuerpo, meciéndome en torno a esa imponente herramienta que parecía no ceder nunca su prodigiosa erección. Mientras yo subía y bajaba, disfrutando cada centímetro, él me chupaba las tetas, me mordía y besaba los pezones, disfrutando de mi cuerpo con las licencias que yo misma le había suministrado.
Era en verdad sorprendente como aquel hombre común y corriente, sin ningún atractivo notable a la vista, pudiera convertirse en semejante máquina de garchar, no paraba, ni siquiera para tomarse un respiro, seguía y seguía, con un claro objetivo entre ceja y ceja, dejarme completamente satisfecha. Yo ya lo estaba debo decir, después de los polvos que me había echado no había manera de que no lo estuviera, pero él todavía estaba en la cima de sus posibilidades.
Me ponía de un lado y me la clavaba, me ponía del otro, y me la volvía a clavar, prodigándome un garche descontrolado, penetrándome en forma alternada e indiscriminada por uno y otro agujero, llenándome por ambos, proporcionándome la inigualable delicia de sentirme complacida por atrás y por adelante. Yo le seguía el tren, no podía hacer otra cosa, me abría y despatarraba toda ofreciéndome una y mil veces a esa suculenta poronga que parecía no decrecer nunca.
Ya hacia el final, me tendí sobre él, le saque el preservativo y coloque su verga entre mis pechos, apreté un teta contra la otra, con la verga entre medio y empecé a pajearlo con ellas, chupándole y besándole el glande cada vez que éste resurgía por entre mi voluptuosa carne. Esto pareció gustarle, por lo que fui acelerando de a poco, sintiéndolo cada vez más duro e hinchado hasta que un chorro de leche saltó sin contención alguna yendo a dar de lleno en mi cara, pero no fue el único, claro, ya que entre plácidos suspiros vinieron muchos más, un chorro tras otro, una lluvia torrencial, un diluvio de esperma que me empapó deliciosamente. El tipo deliraba de placer mientras su verga escupía semen en una forma incontrolable, empapándome con esa pegajosidad que me resulta tan agradable.
Al rato salimos del telo, y cada quién se fue por su lado. Me fui caminando despacio, porque después de que te rompen el culo te queda una sensación incómoda que persiste por un buen rato, hasta que el agujero que te abrieron vuelve a cerrarse y las heridas que te infringieron comienzan a cerrarse. Aquel desconocido me había roto bien el culo y ni siquiera supe su nombre. Aunque a veces es mejor así, no saber demasiado de ciertas cosas.
sábado 10 de octubre de 2009
Estas que pasaron fueron unas semanas complicadas, tanto en lo laboral como en lo afectivo. En lo referente al trabajo no pienso expandirme mucho, no vale la pena, solo diré y creo que muchos estarán de acuerdo conmigo, que siempre hay alguien que disfruta jodiendo a los demás. En cuándo a lo otro, eso es ya más complicado, ya que involucra mis sentimientos y algo que resulta muy importante para mí, más que ninguna otra cosa en el mundo, mi matrimonio. No es que este pasando por una crisis de pareja, en realidad estamos bien, pero hace unos días paso algo que me puso en alerta y me dio que pensar. Para hacerla corta les cuento que mi marido me pidió que tuviéramos un hijo. ¡Plop! Cuándo me lo planteó aquella noche luego de hacer el amor casi me caigo de espalda. No es que no quiera tener un hijo, siempre quise ser madre, pero no en este momento, me parece que todavía no estoy preparada para serlo. Primero quiero terminar mi carrera y también disfrutar un poco más de esta "maratón" sexual que estoy teniendo últimamente. Claro que no use esto como excusa, simplemente le dije que creía que debía recibirme primero. No lo tomo muy bien, pero lo hablamos largamente y creo que me entendió, sin embargo me parece que en ese momento, y ante esa negativa como que hubo un clic entre nosotros. No sé, quizás sea yo la equivocada y deba embarazarme para darle el gusto, pero creo que esa tampoco es la solución. Necesito tiempo. Amo a mi esposo y lo que más quiero es hacerlo feliz, pero también quiero ser feliz yo, y por el momento mi felicidad esta en seguir con esta especie de película porno que me armé conmigo como protagonista. Todavía me faltan muchas escenas que rodar y no quiero dejarla incompleta. Siempre voy a ser así de puta, eso lo tengo más que claro, me gusta demasiado la pija como para dejar un vicio que me resulta tan complaciente, pero sé que cuándo quede embarazada y tenga a mi hijo me vere obligada a abandonar por un tiempo esto que me hace tan feliz. Y por lo menos en este momento de mi vida siento que mi conchita tiene la prioridad. Necesito coger, lo necesito como el mismo aire que respiro, y si se me obliga a prescindir de esto que tanto me gusta mi vida ya estaría vacía y sin expectativas.
A veces tengo la fantasía de largar todo y de ponerme un departamento para dedicarme a esto las 24 horas del día, los 7días de la semana, los 365 días del año, no me aburriría, se los aseguro, ni ustedes tampoco, pero pienso en mi marido y en el proyecto de familia que iniciamos juntos y vuelvo a la realidad. Una realidad que no puedo concebir sin esos amantes casuales que tanto placer me proporcionan. El sexo esta en nuestra naturaleza, y como tal debemos exprearlo libremente y sin restricciones, somos animales sexuales, aunque algunos vivimos en época de celo permanente.
Disculpen la ausencia, pero entenderán que tuve que parar un poco la moto, aunque nunca pense en dejar de complacerlos como a ustedes les gusta. Besitos y en breve ya les estare poniendo otro relato. Gracias por seguir siendo tan fieles, aunque lo mejor siempre es ser infiel, ¿no les parece?
A veces tengo la fantasía de largar todo y de ponerme un departamento para dedicarme a esto las 24 horas del día, los 7días de la semana, los 365 días del año, no me aburriría, se los aseguro, ni ustedes tampoco, pero pienso en mi marido y en el proyecto de familia que iniciamos juntos y vuelvo a la realidad. Una realidad que no puedo concebir sin esos amantes casuales que tanto placer me proporcionan. El sexo esta en nuestra naturaleza, y como tal debemos exprearlo libremente y sin restricciones, somos animales sexuales, aunque algunos vivimos en época de celo permanente.
Disculpen la ausencia, pero entenderán que tuve que parar un poco la moto, aunque nunca pense en dejar de complacerlos como a ustedes les gusta. Besitos y en breve ya les estare poniendo otro relato. Gracias por seguir siendo tan fieles, aunque lo mejor siempre es ser infiel, ¿no les parece?
sábado 26 de septiembre de 2009
EN EL ASCENSOR Y DESPUES...
Les cuento que el otro protagonista de esta historia es mi vecino, también mi amante, con quién ya tuve algunos encuentros amorosos, aunque no tan intensos como el que pienso contarles en este relato. Después de tales encuentros tuve algunas otras aproximaciones con él. Tengan en cuenta que en la vida de toda mujer casada siempre hay un buen vecino dispuesto a ayudarla con sus infidelidades, y éste parecía estar siempre listo para atenderme en la forma apropiada.
En una de esas subíamos juntos en el ascensor y se pone a tocarme la cola como si nada. Bueno, después de lo que había pasado entre nosotros no podía decirle mucho al respecto, aparte de que la cola es una de mis partes más sensibles y cuándo me la tocan… pierdo el juicio, así de simple. Así que Francisco me la tocaba, frotándome bien la raya del orto, como si quisiera romperme la costura del pantalón y meter su mano adentro.
-¿Alguna vez se la chupaste a alguien en un ascensor?- me pregunta entonces.
Me quede muda. Nunca se la había chupado a nadie en un lugar así, y la verdad es que nunca se me había ocurrido, pero ahora que él lo mencionaba me parecía una idea más que interesante.
-No, la verdad que nunca- le dije.
-¿Te gustaría?- vuelve a preguntarme.
-¿Me gustaría qué?- me hice la distraída.
-Chupármela en el ascensor- me insistió.
-Ni loca, ¿acaso queres que nos agarren y se entere todo el edificio?- negué enfáticamente.
Pero mi negativa no pareció importarle demasiado, ya que ahí mismo presionó el botón de “STOP”, y el ascensor se detuvo entre dos pisos. Ante mi asombro se bajó el cierre del pantalón, peló la pija, le dio un par de sacudidas y ofreciéndomela me dijo:
-Dale, apurate que tenemos poco tiempo-
Ni siquiera lo pensé, ya sé debí decirle que no, que estaba loco, que no iba a prestarme a sus jueguitos perversos, y toda esa sarta de pavadas, pero eso no era lo que en realidad sentía, así que sin ponerme a evaluar las consecuencias que podría traernos el ser descubiertos, me eché de rodillas en el suelo, se la agarré con las dos manos y me puse a mamársela con incitante frenesí. No sé si ya lo dije antes, pero me encanta esa pose de sumisión, plantada de rodillas delante de un hombre, o acuclillada, como adorándolo, humillándome ante su suprema virilidad, así estaba en ese momento frente a Francisco, mi vecino, chupándole fervientemente la pija, pensando en todo momento que estábamos en el ascensor y que podíamos ser descubiertos en cualquier momento. Eso me incitaba, me desataba, me sentía la más puta entre las putas, la puta más puta, una arrastrada, una reventada, una trolita insaciable, una putita, la verga de Francisco se hinchaba entre mis labios, la sentía crecer, engordar, mojándose no solo con mi saliva sino también con sus propios fluidos, golpeándome la parte interior de la mejilla cada vez que me la mandaba bien para adentro.
Con la lengua bajaba deslizándome por toda su magnitud, lamiendo, sorbiendo los juguitos que le chorreaban por toda la superficie, le besaba las bolas, se las chupaba, se las mordía suavecito, no teníamos mucho tiempo así que mientras yo me ocupaba de esos dos globos testiculares, Francisco empezó a pajearse, fuerte y seguro, y cuándo estuvo listo para la eyaculación me apartó la cara de sus huevos y me apuntó: ¡Una, dos, tres sacudidas y… Zas!, los chorros de leche me impactaron de lleno, cubriéndome los ojos, las mejillas y los labios con su cremosa efusividad. Sin demora alguna Francisco se guardó la pija dentro del pantalón y muy gentilmente me ayudó a levantarme, tendiéndome un pañuelo para que me limpiara. Mientras yo borraba de mi cara todo rastro de esperma él volvía a poner el ascensor en funcionamiento. Por suerte no nos cruzamos a nadie en el camino. Bajamos en nuestro piso, y cuándo yo me disponía a ir a mi departamento Francisco me agarro del brazo y me llevo de prepo para el suyo. Cerró la puerta y arrinconándome de espalda contra la misma me besó con lujuria y frenesí. Al acariciarle la entrepierna sentí que estaba al palo de nuevo. Casi a la rastra me llevo hacía el sofá, e inclinándome sobre uno de sus apoyabrazos, me levantó la pollera, me bajó de un fuerte tirón la tanga, y lo siguiente que sentí fue su verga apoyándose entre mis gajos. Debido a lo que había pasado en el ascensor y también a causa de aquel impulsivo beso que me había dado, yo estaba totalmente mojada, de modo que ni bien asestó el primer empujón su carne se deslizó hasta lo más profundo de mí hirviente conchita. Entonces me aferró de la cintura y empezó a moverse en una forma por demás deliciosa, cogiéndome con golpes fuertes y concisos, haciéndomela sentir en lo más íntimo, ahí en donde tanto me gusta sentir a un hombre.
Yo estaba que deliraba de placer, gemía exaltadamente, empujando la cola hacia atrás para sentirla mucho más adentro todavía. Francisco me reventaba con sus embestidas, colmándome con su carne rebosante de virilidad, me la metía bien adentro, me la revolvía, y me aplastaba con los huevos, satisfaciéndome en plenitud, haciéndome gozar como una perra. Como una perra lujuriosa.
Entonces me la sacó, me dio la vuelta, me sentó sobre el mismo apoyabrazo, bien abierta de piernas y me la volvió a meter, por adelante esta vez, reiniciando ese movimiento tan placentero, adentro y afuera, una y otra vez, quemándome las entrañas con ese volumen que pese a no ser de los más grandes cumplía y con creces su loable cometido: o sea, satisfacerme.
Me sostenía de las piernas y me embestía con todo, la cara deformada en un rictus lascivo y perverso, eso me calentaba mucho más todavía, saber que estaba con una bestia en celo, un ogro salvaje, excitada a más no poder me derrumbé sobre el sillón, y empecé a amasarme las tetas por sobre la ropa tratando de canalizar de alguna manera todas esas emociones que amenazaban con hacerme explotar en cualquier momento. Él seguía dándome con todo, reventándome la pelvis con cada embiste, entrando, saliendo, entrando, saliendo, metiéndomela bien adentro, en lo más profundo, convulsionándome con cada penetración. Como si se tratara de una máquina más que de un hombre, me agarró las piernas se las calzo sobre sus hombros y aumentó aún más el ritmo, lo duplicó y hasta lo triplicó, quemándome las tripas con eso que ardía entre sus piernas.
En algún momento, saciado ya de mi conchita, me la sacó y me la acomodó en el otro agujero, en el más pequeño y estrecho, aunque ya a esta altura esta tan abierto como el otro, se escupió abundantemente en la mano y con esa misma saliva se lubricó la punta de la pija y empezó a empujar, vulnerándome de a poco, metiéndomela bien en el orto, despacio pero efectivamente. ¡Que lindo sentirla avanzando por ahí! Rompiéndome, destrozándome, ensanchando todavía más esa cavidad que se abría y convulsionaba en torno a su maciza y consistente magnitud. Entonces empezó a culearme. Me sacaba humo del ojete, dándome y dándome a full, sin pausa alguna, sin tomarse ningún respiro, solo me la sacaba para metérmela con más fuerza todavía, calzándomela hasta donde me entrara, hasta los huevos, regalándome la tan apreciada sensación de sentirme muy bien culeada, en esa forma que solo un vicioso al igual que yo puede dispensarme.
-¡Siiiiiiiiiii….siiiiiiiiiiiii… rompeme toda… dejame renga…!- le pedía entre exaltados jadeos, completamente a merced de esa fulminante perforación que parecía traspasarme hasta el otro lado.
Me estaba aniquilando, me amasijaba a puro combazos en el culo, ya debía de tener la pija en carne viva de tanto metérmela pero seguía y seguía, como si estuviera empeñado en abrir un nuevo cauce dentro de mi cuerpo, hasta que sentí esos inexorables estremecimientos que anunciaban el inminente final, al escucharlo gemir en esa forma tan característica tensé al máximo los músculos de mi reventado culito y esperé lo mejor… la disolución láctea, arqueé la espalda y me puse a temblar conmocionada al sentir los chorros de semen filtrándose en mis intestinos, llenándome de efusividad, de satisfacción, de… del gusto de sentirme con el culito bien roto y lleno de leche.
Exhaustos y complacidos a más no poder nos quedamos los dos tirados en el sofá, suspirando, regocijados en nuestra propia lujuria, tratando de reponernos después de semejante desgaste sexual.
-Gracias- me dijo entonces mientras prendía un cigarrillo –Hiciste realidad una de mis mayores fantasías- agregó refiriéndose a la mamada en el ascensor.
Me reí.
-¿Tenes alguna otra?- me interesé.
-Varias, pero la principal en este momento sería hacerlo en un baño público, ¿te animás?- me desafió entonces.
Me volví a reír, aunque la verdad es que la idea no me parecía tan descabellada. Se trata de una fantasía de lo más común, y al igual que Francisco y tantos otros yo también la tenía.
-Claro que me animo- le dije despertando su inmediato entusiasmo.
Así que ya saben, la próxima en un baño público. Ojala se de.
En una de esas subíamos juntos en el ascensor y se pone a tocarme la cola como si nada. Bueno, después de lo que había pasado entre nosotros no podía decirle mucho al respecto, aparte de que la cola es una de mis partes más sensibles y cuándo me la tocan… pierdo el juicio, así de simple. Así que Francisco me la tocaba, frotándome bien la raya del orto, como si quisiera romperme la costura del pantalón y meter su mano adentro.
-¿Alguna vez se la chupaste a alguien en un ascensor?- me pregunta entonces.
Me quede muda. Nunca se la había chupado a nadie en un lugar así, y la verdad es que nunca se me había ocurrido, pero ahora que él lo mencionaba me parecía una idea más que interesante.
-No, la verdad que nunca- le dije.
-¿Te gustaría?- vuelve a preguntarme.
-¿Me gustaría qué?- me hice la distraída.
-Chupármela en el ascensor- me insistió.
-Ni loca, ¿acaso queres que nos agarren y se entere todo el edificio?- negué enfáticamente.
Pero mi negativa no pareció importarle demasiado, ya que ahí mismo presionó el botón de “STOP”, y el ascensor se detuvo entre dos pisos. Ante mi asombro se bajó el cierre del pantalón, peló la pija, le dio un par de sacudidas y ofreciéndomela me dijo:
-Dale, apurate que tenemos poco tiempo-
Ni siquiera lo pensé, ya sé debí decirle que no, que estaba loco, que no iba a prestarme a sus jueguitos perversos, y toda esa sarta de pavadas, pero eso no era lo que en realidad sentía, así que sin ponerme a evaluar las consecuencias que podría traernos el ser descubiertos, me eché de rodillas en el suelo, se la agarré con las dos manos y me puse a mamársela con incitante frenesí. No sé si ya lo dije antes, pero me encanta esa pose de sumisión, plantada de rodillas delante de un hombre, o acuclillada, como adorándolo, humillándome ante su suprema virilidad, así estaba en ese momento frente a Francisco, mi vecino, chupándole fervientemente la pija, pensando en todo momento que estábamos en el ascensor y que podíamos ser descubiertos en cualquier momento. Eso me incitaba, me desataba, me sentía la más puta entre las putas, la puta más puta, una arrastrada, una reventada, una trolita insaciable, una putita, la verga de Francisco se hinchaba entre mis labios, la sentía crecer, engordar, mojándose no solo con mi saliva sino también con sus propios fluidos, golpeándome la parte interior de la mejilla cada vez que me la mandaba bien para adentro.
Con la lengua bajaba deslizándome por toda su magnitud, lamiendo, sorbiendo los juguitos que le chorreaban por toda la superficie, le besaba las bolas, se las chupaba, se las mordía suavecito, no teníamos mucho tiempo así que mientras yo me ocupaba de esos dos globos testiculares, Francisco empezó a pajearse, fuerte y seguro, y cuándo estuvo listo para la eyaculación me apartó la cara de sus huevos y me apuntó: ¡Una, dos, tres sacudidas y… Zas!, los chorros de leche me impactaron de lleno, cubriéndome los ojos, las mejillas y los labios con su cremosa efusividad. Sin demora alguna Francisco se guardó la pija dentro del pantalón y muy gentilmente me ayudó a levantarme, tendiéndome un pañuelo para que me limpiara. Mientras yo borraba de mi cara todo rastro de esperma él volvía a poner el ascensor en funcionamiento. Por suerte no nos cruzamos a nadie en el camino. Bajamos en nuestro piso, y cuándo yo me disponía a ir a mi departamento Francisco me agarro del brazo y me llevo de prepo para el suyo. Cerró la puerta y arrinconándome de espalda contra la misma me besó con lujuria y frenesí. Al acariciarle la entrepierna sentí que estaba al palo de nuevo. Casi a la rastra me llevo hacía el sofá, e inclinándome sobre uno de sus apoyabrazos, me levantó la pollera, me bajó de un fuerte tirón la tanga, y lo siguiente que sentí fue su verga apoyándose entre mis gajos. Debido a lo que había pasado en el ascensor y también a causa de aquel impulsivo beso que me había dado, yo estaba totalmente mojada, de modo que ni bien asestó el primer empujón su carne se deslizó hasta lo más profundo de mí hirviente conchita. Entonces me aferró de la cintura y empezó a moverse en una forma por demás deliciosa, cogiéndome con golpes fuertes y concisos, haciéndomela sentir en lo más íntimo, ahí en donde tanto me gusta sentir a un hombre.
Yo estaba que deliraba de placer, gemía exaltadamente, empujando la cola hacia atrás para sentirla mucho más adentro todavía. Francisco me reventaba con sus embestidas, colmándome con su carne rebosante de virilidad, me la metía bien adentro, me la revolvía, y me aplastaba con los huevos, satisfaciéndome en plenitud, haciéndome gozar como una perra. Como una perra lujuriosa.
Entonces me la sacó, me dio la vuelta, me sentó sobre el mismo apoyabrazo, bien abierta de piernas y me la volvió a meter, por adelante esta vez, reiniciando ese movimiento tan placentero, adentro y afuera, una y otra vez, quemándome las entrañas con ese volumen que pese a no ser de los más grandes cumplía y con creces su loable cometido: o sea, satisfacerme.
Me sostenía de las piernas y me embestía con todo, la cara deformada en un rictus lascivo y perverso, eso me calentaba mucho más todavía, saber que estaba con una bestia en celo, un ogro salvaje, excitada a más no poder me derrumbé sobre el sillón, y empecé a amasarme las tetas por sobre la ropa tratando de canalizar de alguna manera todas esas emociones que amenazaban con hacerme explotar en cualquier momento. Él seguía dándome con todo, reventándome la pelvis con cada embiste, entrando, saliendo, entrando, saliendo, metiéndomela bien adentro, en lo más profundo, convulsionándome con cada penetración. Como si se tratara de una máquina más que de un hombre, me agarró las piernas se las calzo sobre sus hombros y aumentó aún más el ritmo, lo duplicó y hasta lo triplicó, quemándome las tripas con eso que ardía entre sus piernas.
En algún momento, saciado ya de mi conchita, me la sacó y me la acomodó en el otro agujero, en el más pequeño y estrecho, aunque ya a esta altura esta tan abierto como el otro, se escupió abundantemente en la mano y con esa misma saliva se lubricó la punta de la pija y empezó a empujar, vulnerándome de a poco, metiéndomela bien en el orto, despacio pero efectivamente. ¡Que lindo sentirla avanzando por ahí! Rompiéndome, destrozándome, ensanchando todavía más esa cavidad que se abría y convulsionaba en torno a su maciza y consistente magnitud. Entonces empezó a culearme. Me sacaba humo del ojete, dándome y dándome a full, sin pausa alguna, sin tomarse ningún respiro, solo me la sacaba para metérmela con más fuerza todavía, calzándomela hasta donde me entrara, hasta los huevos, regalándome la tan apreciada sensación de sentirme muy bien culeada, en esa forma que solo un vicioso al igual que yo puede dispensarme.
-¡Siiiiiiiiiii….siiiiiiiiiiiii… rompeme toda… dejame renga…!- le pedía entre exaltados jadeos, completamente a merced de esa fulminante perforación que parecía traspasarme hasta el otro lado.
Me estaba aniquilando, me amasijaba a puro combazos en el culo, ya debía de tener la pija en carne viva de tanto metérmela pero seguía y seguía, como si estuviera empeñado en abrir un nuevo cauce dentro de mi cuerpo, hasta que sentí esos inexorables estremecimientos que anunciaban el inminente final, al escucharlo gemir en esa forma tan característica tensé al máximo los músculos de mi reventado culito y esperé lo mejor… la disolución láctea, arqueé la espalda y me puse a temblar conmocionada al sentir los chorros de semen filtrándose en mis intestinos, llenándome de efusividad, de satisfacción, de… del gusto de sentirme con el culito bien roto y lleno de leche.
Exhaustos y complacidos a más no poder nos quedamos los dos tirados en el sofá, suspirando, regocijados en nuestra propia lujuria, tratando de reponernos después de semejante desgaste sexual.
-Gracias- me dijo entonces mientras prendía un cigarrillo –Hiciste realidad una de mis mayores fantasías- agregó refiriéndose a la mamada en el ascensor.
Me reí.
-¿Tenes alguna otra?- me interesé.
-Varias, pero la principal en este momento sería hacerlo en un baño público, ¿te animás?- me desafió entonces.
Me volví a reír, aunque la verdad es que la idea no me parecía tan descabellada. Se trata de una fantasía de lo más común, y al igual que Francisco y tantos otros yo también la tenía.
-Claro que me animo- le dije despertando su inmediato entusiasmo.
Así que ya saben, la próxima en un baño público. Ojala se de.
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